lunes, 4 de abril de 2011

Los Conejos Cojelones

Huertas el Pintor tenía un criadero de conejos ubicado en el vértice de un triángulo cuya base estaba ocupada por Amecameca al norte; en el sur, Ayapango, sobre la falda del volcán Popocatépetl. No es que fuera el lugar más adecuado para un criadero de conejos, pero era el único terreno de que disponía. Su única propiedad y tenía la ventaja de estar en un paraje solitario, alejado de la impertinente curiosidad de los vecinos y cercano a Sor Juana. Proveía de conejos a algunas fondas que sobre la carretera Amecameca -Cuautla ofrecían conejo asado al carbón, en adobo o al pastor los sábados y domingos. Popocatépetl es un nombre largo y difícil de pronunciar, por eso los lugareños le decían cariñosamente Popo o respetuosamente don Gregorio.

Huertas era artista pintor, no de brocha gorda. Allá abajo, en la populosa y calumniada Nezayork, compartía el triunvirato excelso de las artes plásticas con Lupus y Jorge Osorio. Una de sus manifestaciones artísticas más celebradas era efímera: el triunvirato conseguía una modelo (profesional o aficionada, daba lo mismo), la desnudaban ante un cerco de Coyotes literarios y los pintores escogían un trozo de piel sobre el cual pintaban al óleo, cubriendo cada centímetro cuadrado de toda su epidermis. Lupus prefería temas sombríos, macabros, un poco a la manera de los demonios de Goya. Huertas poblaba la piel de toros de lidia con su parafernalia de fiesta taurina; Osorio pintaba perros, prefería pintar los perros callejeros de Nezayork, entre más jodidos y lastimosos, mejor, canes en todas las actitudes posibles. Al final de la sesión, cuando la modelo deseaba quitarse la pintura, para no morir intoxicada, los poetas y narradores Coyotes se lo impedían y la modelo, en un lapso de tres días, moría frente a ellos. Los Coyotes aprovechaban esa larga agonía para componer poemas y cuentos cortos alusivos al suceso. La novela estaba reservada al Coyote Mayor quien hacía intervenir a su personaje favorito, el Eddy Tenis Boy, detective infalible.

Tan divertida práctica pictórica terminó cuando la policía de Nezayork recibió un pitazo, irrumpió en la última sesión y se llevó a Lupus y Osorio al tambo. Huertas huyó a la montaña, decidió pasar una larga temporada en aquel terreno de su propiedad que nunca había ocupado porque siempre se hallaba cubierto de nieve. Pero como desde hacía un año el cambio climático mundial hizo retroceder las nieves antes perennes hacia la cumbre, Huertas el Pintor instaló una conejera con un pie de cría de diez conejos: dos machos y ocho hembras. También se llevó su menaje artístico y comenzó a pintar paisajes porque por el momento consideraba excesivamente malsano el esmog de Nezayork.

Ya desde hacía unos diez años don Gregorio se había mostrado activo, después de siglos de pasividad. A veces sus fumarolas alcanzaban un kilómetro de altura, en otras ocasiones, en la noche se advertían resplandores rojizos y en ciertos momentos también vomitaba pedruscos. Una ocasión don Goyo vomitó cenizas, una negra nube espesa de cenizas que ensombreció una zona vasta a su alrededor. Por fortuna esas cenizas no eran tóxicas, pero de todos modos molestaban.

En seis meses Huertas el Pintor acrecentó su hato hasta treinta conejos, seis machos y los demás hembras. No se podía afirmar que el criadero mejorara la precariedad de sus ingresos, pero tenía para vivir lejos de la señora Justicia. Por lo pronto, no pagaba luz, no pagaba renta, no pagaba impuestos, pues la venta de sus animalitos era a la palabra. Como en cada pueblo del rumbo había al menos una foto suya ofreciendo recompensa, Huertas el Pintor se dejó crecer toda la pelambre facial y usaba un pasamontañas estilo Sub Marcos cuando bajaba a Amecameca para efectuar sus modestas compras, principalmente alimento para conejos.

Cuando don Goyo se enojaba, entonces el gobierno del Edomex ordenaba la evacuación de los habitantes de sus laderas, pero no todos abandonaban sus casas, entre ellos Huertas el Pintor, porque no podía trasladarse con sus cien conejos y, si los dejaba abandonados, lo más seguro es que le robaran al menos la mitad. No, no podía arriesgarse al éxodo.

Por eso, cuando oyó en su radio de pilas que don Goyo presentaba una actividad desusada y se pedía a los habitantes de las laderas que bajaran al menos hasta Amecameca, Huertas el Pintor hizo caso omiso. En efecto, don Goyo rugía en sus entrañas, vomitaba humo, vapores y gases completando su ira con una densa nube de cenizas negras. Mucha gente, asustada, bajó a buscar refugio en Amecameca; Huertas el Pintor desempolvó su atril, sus telas y pinceles y emprendió la tarea de captar la furia de don Goyo, soñó con ser un nuevo doctor Atl, con la diferencia de que, mientras Atl pintaba pinchurrientos volcancitos, él captaba la majestuosidad de las iras del viejo Popocatépetl. Soñó exponer una serie de cuadros en Bellas Artes o al menos en el MUNAL. Pero el ejército barrió las laderas en busca de remisos y lo bajó a empellones sin permitirle llevar uno solo de sus cuadros y mucho menos conejos; sin cortesías ni súplicas lo subieron a un carro militar. La ira de don Goyo era tanta que el convoy militar con cientos de evacuados no paró sino hasta Chalco.

Veinticuatro horas duró la tremenda cólera de don Goyo. La expulsión de gases fue intensa. La nube de cenizas alcanzó los dos kilómetros de altura y éstas cayeron no tan sólo sobre el valle de Chalco, sino hasta Texcoco y el Defe. La columna de gases no fue tan espectacular, porque eran apenas coloreados, entre amarillo y verde, pero éstos no se extendieron, sino que subieron verticalmente como si se tratara de una chimenea y alcanzaron más de diez kilómetros de altura. Esa columna perforó la capa de ozono de la supraatmósfera y le hizo un agujero. No muy grande, es cierto, como de un metro de diámetro. Ni tampoco de mucha duración pues la columna se debilitó y el agujero se cerró solo. Pero durante los treinta segundos que existió por ahí se precipitaron chorros de rayos cósmicos venidos desde el Sol, desde las estrellas cercanas y hasta de las galaxias más distantes. Los fotones que llegaron del Universo interactuaron con las moléculas de la atmósfera, dando lugar a la formación de un electrón y un positrón, y estos a su vez interactuaron con otras partículas, produciendo más rayos gama, los cuales originaron más electrones y positrones y otras subpartículas, como los neutrinos y los muones, que nuevamente produjeron rayos gamma y toda esa carga —cuya entrada permitió el agujero en el ozono— conocida como luz Cherenkov, invisible al ojo humano, incidió sobre los conejos del pintor Huertas. Ya el Nobel Mario Molina había advertido que de continuar la contaminación ambiental generada en el Defe y toda la inmensa área conurbana, reforzada con las periódicas explosiones del Popo, podría poner en peligro la capa de ozono suspendida sobre el volcán. Su predicción se vio cumplida, al Nobel le sobraba razón.

La luz Cherenkov cayó directamente sobre la conejera de Huertas. No mató a los animales, porque la negra nube la había atenuado un poco, pero alcanzó a modificarles su ADN, casualmente los aminoácidos de la hélice encargados de preservar y transmitir el código de la fertilidad. Esto es, alteró el mapa del genoma del Oryctolagus cuniculus.


Terminado el fenómeno volcánico los evacuados volvieron a sus pueblos y casas. Huertas el Pintor comprobó con felicidad que no le habían robado ningún conejo. Pero halló a su cría muy inquieta. Dos semanas después del baño cósmico todas las conejas estaban embarazadas. Al mes, todas las conejas habían parido, la población de su conejera subió a doscientos animalitos. Huertas el Pintor no cabía en sí de gozo: sus ingresos se duplicarían. Sin embargo, no pudo vender muchas conejas, porque éstas se embarazaron sin dilación y la población femenina era la que predominaba abrumadoramente.

Calculó que así salieran de su nuevo embarazo general, podría vender un superávit de cincuenta animales y tener pie de cría para aumentar su población. Por lo tanto, se preparó comprando más forraje para la conejiza.

Cuando la población “cargada” dio a luz a los veinte días, vinieron al mundo ciento cincuenta cachorros más, en su mayoría conejas. Estas se alimentaban ferozmente, pues a los pocos días fueron embarazadas por los conejos sementales. La población conejil no cabía en sí de gozo. ¡Siempre tenían ganas de coger! No había necesidad de esperar época de celo. Tal como en los humanos, conejos y conejas siempre estaban en celo, al igual que los humanos, los conejos no pensaban en otra cosa que en cogerse a las conejas e, irresponsablemente, exactamente igual que los humanos traían al mundo camada tras camada de bebés. Parecían chinos. Y los chinos a la viceversa.

En seis meses Huertas quebró. La superpoblación de su conejera era de tales dimensiones que rebasó y con mucho su capacidad de compra de forraje. Tenía mil conejos y el mercado estaba deprimido en virtud de que los turistas fin semaneros no consumían tanto conejo como era de desearse. Huertas el Pintor no tenía suficiente dinero para alimentar mil conejos, los fonderos no le compraban sus excedentes, no tenía para pagar el personal necesario para atender las conejeras y la situación se agravó cuando en dos meses tuvo ya dos mil conejos.

Huertas abrió la puerta de sus conejeras y dejó salir mil ochocientos conejos, quedándose con doscientos. El negocio se vino abajo definitivamente. Los conejos andaban en libertad por las calles de los pueblos, algunos morían a escopetazos pero la mayoría buscó refugios en las peñas altas de los volcanes y cavó túneles para seguir cogiendo a gusto.

La región se convirtió en la primera área productora de conejos del país. Todo el mundo tenía su conejera, y todo el mundo se enfrentaba al mismo problema de la sobreproducción. Los conejos se las arreglaban para aparearse con o sin la anuencia de los humanos.

Pronto poblaron las faldas del Iztaccíhuatl tanto la vertiente poblana como en la mexiquense, que “hervían” de conejos. Los mexicanos no son muy afectos a comer conejo. En promedio, cada mexicano se come medio conejo al año. Esta bajísima predilección fue un incentivo para los conejos, que cogían furiosa, acalorada, desenfrenadamente.

La sobreproducción pasó de problema local (arrasaban con sembradíos diversos, como si fueran langostas, horadaban túneles en las bodegas que contenían granos, devastaban las bodegas de los mercados) a problema nacional, pues la plaga de conejos se fue extendiendo por el amplio territorio nacional hasta que la Secretaría de Agricultura y Ganadería —en manos de un licenciado, como era costumbre— decidió intervenir. Se formó una llamada Comisión contra la Plaga Conejera, encabezada por un licenciado, cual debía de ser, que acordó lo siguiente:

1.-Que la policía persiguiera a los conejos y los matara ahí donde los encontrara. Después, que los incinerara.

2.-En caso de ser insuficiente la policía, que interviniera el ejército.

El general Donoso, secretario de la Defensa, protestó: ya era demasiado andar persiguiendo narcos como para que ahora les encargaran los conejos. Pero ni modo, órdenes son órdenes y ahí salieron las tropas en sus vehículos, tanquetas, tanques, camiones, cañones, ametralladoras, etcétera, a perseguir conejos. Pero no mataban muchos. Los conejos cavaban incesantemente túneles e invadían municipio a municipio, estado a estado. La población conejeril, al año de iniciarse la cogedera masiva, se calculaba en cuatrocientos millones de cabezas y ya había invadido Estados Unidos por el norte, Centroamérica por el sur. Los mexicanos pobres (más del 50 % de la población), muy desnutridos, aunque no gustasen del conejo hicieron de este animal su dieta principal, de ahí que vieran con malos ojos que el ejército tratara de aniquilar la especie. El ejército, ya de por sí impopular, temido y odiado, era impotente para contener la plaga. Se importó gas mortífero, pero era contraproducente usarlo porque también morían los humanos. El CISEN, la CIA, la DEA, FBI y la PGR auxiliadas por el Instituto de Biología de la UNAM y por los zoólogos de Chapingo, localizaron el foco de la plaga: la conejera de Huertas el Pintor. Como tenía cuerpo enteco y era bajito de estatura, le hicieron cirugía plástica en los ojos y nariz y lo presentaron en rueda de prensa como Huer Dien Ho, agente norvietnamita encargado de la destrucción del capitalismo; le cargaron la culpa de la crisis económica mundial y Estados Unidos solicitó y obtuvo su extradición. Se trató de inundar las galerías conejeriles, pero el agua no era suficiente y los conejos aprendieron a bucear. Cuando la población conejeril subió a cinco mil millones de piezas en el país, el señor General Secretario de la Defensa confesó su vergonzosa derrota. ¡No tenía presupuesto para el combate!

La plaga invadió Estados Unidos. Se extendió en todo su territorio. En invierno los conejos hibernaban pero seguían reproduciéndose, en primavera, verano y otoño el censo estimado era de cien mil millones de conejos en el vecino país.

En China, los conejos pronto duplicaron la población humana y en tres meses la triplicaron, pese a que los chinos se especializaron en hacer chop suey y chow mein de conejo.

En todo el mundo, la gente comenzó a morir de inanición, porque si bien había abasto suficiente de conejo, los cabrones roedores no se dejaban atrapar fácilmente y consumían más alimento del que producían. La producción de arroz en China fue consumida íntegramente por los conejos cogelones. La de trigo en Estados Unidos, ídem, la de papa en Alemania, ídem, la de cebada en todo el mundo, ídem, por lo tanto ya no hubo cerveza. Los cañaverales eran devastados, por lo tanto, ya no hubo azúcar, ni alcohol y lo peor: tampoco ron. La producción de maíz declinó a cero. Las tortillas y los corn flakes fueron un recuerdo nostálgico.

Los conejos, que ya decuplicaban la población mundial, vieron con buenos ojos pasar de herbívoros y granófagos a carnívoros. Comenzaron comiendo ratas, gallinas y pollos. Siguió el turno de los cerdos y las reses.

Un día, los niños en edad preescolar comenzaron a desaparecer…

La Unión Europea demandó la extradición de Huertas el Pintor y sus cómplices, Lupus y Osorio. Después de un juicio que duró dos años fueron sentenciados a morir arrojados desde lo alto de la Torre Eiffel. No sin que antes en el Museo de Arte Moderno de París exhibieran una muestra de su arte pictórico, de excelencia. Sotheby’s compró todo el lote. Fue el último que compró. Cuando los curadores fueron por él, hallaron que los conejos habían roído todo, menos tres cuadros.

martes, 29 de marzo de 2011

Las alegres comadres de Huixnsor

Al echar una ojeada a la mujer que se hallaba ante él, el señor licenciado agente del ministerio público en Huixquilucan, Méx., adoptó el tonito desdeñoso que solía utilizar ante la gente humilde del pueblo:

—¿Qué quieres?

—Levantar un acta, licenciado.

   De un secuestro maldecido

   por parte de un desgraciado

   por más señas, desconocido.

El MP la miró dos veces. El aspecto de esa mujer no concordaba con el tono de su voz ni con su léxico. No era india pata rajada, aunque lo parecía por su piel morena y sus rasgos físicos de etnia tepuja. De todos modos, no varió el tonillo despectivo:

—¿Entonces, en contra de…?

—Contra quien resulte responsable.

La respuesta ratificó su segunda apreciación. No era patarrajada, por lo tanto, algún billete extra podría sacarle:

—¿Cómo se llama, usted?

—Lucero Balcázar.

—¿Dónde vive?

—En el barrio de Huinxsor, de este pueblo, licenciado.

—¿Cómo fue?

—No sé decirle como fue, pero también hubo secuestro.

—¿Con violencia?

—No, licenciado. El secuestro fue a la chita callando.

   Cuando estaba durmiendo.

   Esta mañana corriendo

   cuenta me fui dando.

—¿Le secuestraron algún familiar? —preguntó el MP y calculó que de acuerdo al monto del rescate podría sacarle una buena tajada para investigaciones de la averiguación previa.

—Primero, robaron huevos. Durante dos semanas desaparecieron los huevos que ponían mis gallinas; luego, secuestraron a mis gallinas.

—¿Cuántas?

—Cuatro.

—¿Sólo esas? —exclamó, estupefacto, el MP. La probable tajada que ya alegraba su bolsillo se desmoronó y contempló con disgusto a la morena, quien prosiguió declarando:

—Las únicas que tengo, licenciado. Me dejaron a medio comer. Para más señas son: la abada, la blanca, la negra y la colorada; estoy esperando que pidan el rescate, estoy angustiada.

Sí, la abada, la negra, la blanca y la colorada hacía dos semanas fueron a beber después de comer su maicito. Las cuatro alegres comadres coincidieron en el bebedero. Sus cabezas se tocaban y, en un momento dado en que las cuatro cabezas gallináceas hicieron contacto, sucedió un hecho por demás notable: hubo comunicación inteligente entre ellas. La abada dijo en español con marcado dejo gallináceo:

—Estoy ya cansada de que huevo que pongo, huevo que me quita Lucero y se lo lleva. No puedo tener mis pollitos.

Las otras tres comadres se hallaban exactamente en el mismo deplorable caso. La blanca agregó:

—Debemos poner fin a esta ignominiosa situación.

—Pero, ¿cómo? —inquirió la colorada.

—Haciendo huelga —declaró la abada.

—Mira, comadre abada, que no se nos había ocurrido —dijo la negra cuyo color coincidía con un tono cubiche en su voz copiado de Lucero, quien se pirraba por lo cubano, especialmente lo tripié cubano.

—No vamos a poner más huevos —concluyó la abada.

Terminaron de beber y se retiraron a un rincón del patio, donde volvieron a juntar sus cabezas para redondear la conjura.

—Entonces ya quedamos —ordenó la lideresa—. ¡Ni un huevo más!

Pasaron quince días. Lucero no era propiamente dicho una granjera, sino poeta, narradora y pintora que gustaba de vivir en ese pueblo y en ese barrio trepado en la ladera del monte. Tenía esas gallinas pero no enjauladas, sino libres vagando por el patio. Cuando notó la falta sistemática de los huevos supuso que le eran robados por alguien: un cacomixtle de dos patas. Se propuso descubrirlo, pero por más que espiaba a sus gallinas, no obstante que a veces pasaba la noche en vela acechando, nunca vio entrar al maldito ladrón. No se explicaba cómo hacían para robarle los blanquillos. Pero cuando también desaparecieron sus cuatro gallinas, montó en cólera y fue a denunciar el robo.

La lideresa llamó a junta, pues acababa de tener una premonición desagradable:

—Miren, comadres, si seguimos así, ¿saben que va a pasarnos?

Ninguna atinó con el futuro incierto.

—Lucero va a pensar que ya no servimos para poner huevos y nos echará al puchero, o hará mole.

—Nooo, pos sí —asintieron las otras tres y se les puso “carne de gallina”.

—Tenemos que pensar una estrategia para evitarlo.

—Nos iremos de aquí —propuso la colorada, y todas estuvieron de acuerdo. La hora de la liberación había llegado.

El señor licenciado agente del MP fue informado por el señor secretario de que tenía esperando a un quejoso víctima de robo de ave de corral.

—Me robaron ocho gallinas, licenciado.

—¿Tiene idea de quién fue?

—Si tuviera idea, licenciado, no estaría aquí, iría por ellas a como diera lugar.

—Señor secretario, levante el acta correspondiente —ordenó con su tonillo más displicente pues el asunto no prometía ganancia extra.

Dos días después, otro quejoso levantó un acta por el robo de dieciséis gallinas. Le habían dejado tan sólo una y ésta, melancólica por su soledad, dejó de poner huevos.

Y apenas cinco horas más tarde, otro quejoso levantó acta por el robo de treinta y dos gallinas. Todos los robos habían sido efectuados en aves de corral, no enjauladas.

El agente del MP pensó en una banda secuestradora de gallinas. Si su compadre el Jefe de la Policía Municipal le echaba el guante, quizá el asunto valiera la pena para juntar las actas, seguir pistas y, una vez cogidos con las manos en los huevos, poner precio a la libertad de los facinerosos. Daría la orden.

Las cuatro alegres comadres de Huixnsor fueron al corral próximo y hablaron, sí, hablaron con sus vecinas. No fue difícil convencerlas de que eran víctimas indefensas del robo de sus futuros polluelos y que deberían poner un “hasta aquí” porque esa situación era ya intolerable.

En el tercer corral una conformista se negó a unirse a la protesta aduciendo que:

—Así ha sido siempre, comadres, desde hace miles de años somos proveedoras del alimento humano a costa de nuestros hijos y luego nos asesinan cuando ya no servimos para nada. Hay que resignarse, así lo quiere Dios.

—Pues que Dios tan inmoral y estúpido que mata a nuestros hijos y permite que nos asesinen esos maldecidos gallinófagos. Vámonos a la granja grande a hablar con nuestras comadres.

Don Raúl Renán, anciano dueño de una granja con quinientas gallinas y también poeta, se presentó ante el agente del MP a denunciar un robo importante:

—Anoche entraron los bribones

   secuestraron mis gallinas.

   ¡A qué punta de cabrones

   todas ellas eran albinas!

El agente del MP comprendió la importancia y la gravedad del latrocinio. Levantó el acta respectiva y comisionó al jefe de la policía delegacional para que investigara el caso. Y hasta entonces dio parte de los secuestros a la policía judicial del Distrito Federal. Pero esta dependencia no hizo mayor caso de la denuncia, porque tenía en sus manos ciento veintiocho actas de otras delegaciones sumando un total de ciento seis mil cuarenta y cuatro aves ponedoras secuestradas limpiamente, sin dejar huella. Vaya: ¡ni una pluma!

Los secuestros de gallinas saltaron a las primeras planas de los periódicos. Fecal preparó una declaración para calmar a los granjeros: “Echaremos mano de todos los recursos para localizar a los secuestradores y liberar a sus víctimas. El glorioso ejército nacional a quien se recuerda por la gesta heroica del 68, se hará cargo de la investigación. ¡No le fallaremos al pueblo!”

Todas las especies animales y vegetales se hallan en evolución. Unas más lentamente que otras, pero ninguna escapa a esa ley universal de la naturaleza. La evolución no es asunto de días, la evolución requiere cientos de miles y hasta cientos de millones de años, pero se realiza para cada especie de organismo vivo en el planeta llamado Tierra, al menos. El pequeño lapso de la vida humana no le permite al hombre registrar los pasos de la evolución de la especie y, como es vanidoso y desprecia a los demás seres vivos ¡mucho menos nota la evolución de las especies inferiores! Sin embargo, había llegado la hora del salto evolutivo de las gallinas, todo se hallaba preparado en la naturaleza, tan sólo faltaba el factor coyuntural, el cual, no obstante, depender del azar, y tarde o temprano se presentaría. En el momento en que las cabezas de las cuatro alegres comadres de Huixnsor entraron en contacto, se produjo la sinapsis esperada desde la noche de los tiempos. Aquellos minúsculos cerebros se comunicaron entre sí y establecieron desde ese instante y para siempre una entidad pensante que les dio inteligencia, capacidad de razonamiento, capacidad de introspección emocional y mental. En pequeña dosis, que iría en aumento según estas entidades se multiplicasen.

Las alegres comadres de Huixnsor, que se sabían humilladas, esclavizadas y explotadas inmisericordemente por el ser humano, decidieron sacudir esas cadenas oprobiosas y pensaron en sus congéneres. Si lograban comunicar a las vecinas del corral próximo sus reflexiones, quizá lograrían avanzar más en la búsqueda de su libertad. Lo hicieron por instinto, fueron a ese corral donde vagabundeaban libremente unas diez gallinas y lograron establecer dos células más, de cuatro componentes cada una. Así, siguieron incursionando en las noches por otros corrales y de día regresaban al suyo.

La huelga de ponedoras de huevos de aves de corral fue un éxito. Pero miles de millones de congéneres sufrían la explotación más vil, porque se las tenía confinadas en jaulas y su destino era poner huevos sin abandonar su prisión. Decidieron liberar a las gallinas enjauladas, para ello, era menester irse ya de los corrales, dejar de fingir y lanzarse al ataque frontal. Su primer objetivo fue una granja avícola de la vecina población de Río Hondo, que contaba con mil gallinas ponedoras. Por la noche abandonaron sus respectivos corrales y caminando por senderos poco frecuentados y volando trechos cortos llegaron hasta Río Hondo. En el trayecto algunos perros se les echaron encima, pero, en vez de espantarse y huir como tradicionalmente ocurría en el pasado, se les fueron encima masivamente a picotazos, en los ojos. En la primera batalla quedaron cuatro entidades destruidas y tres perros ciegos. Siguieron su camino, sortearon algunas escaramuzas más hasta ponerse a vista de la granja avícola. Era el amanecer, la puerta se hallaba cerrada con candado, pero las ventanas que daban aire al interior de esa horrorosa prisión se hallaban abiertas porque era verano; volaron, comenzaron a abrir las jaulas valiéndose de picos y dedos ya que las unidades de jaulas no tenían candado, tan sólo cerrojos fáciles de descorrer. Las arengaron para que formaran entidades (acto de juntar cuatro cabezas y la entidad se establecía automáticamente por los canales misteriosos de la evolución biológica). Muchas de estas gallinas blancas decidieron sumarse a la huelga, cierto, pero no querían irse de la granja, pues ahí encontraban su alimento muy puntualmente. Las alegres comadres les advirtieron que, de quedarse, al transcurrir un mes sin poner huevos serían sacrificadas y remitidas al matadero, para comida de los humanos. Sólo un porcentaje pequeño se quedó, las más, en ordenado batallón, salieron a campo abierto, ensayaron a volar y vieron gozosas que podían hacerlo, no grandes distancias, desde luego, pero lograban volar y algo les decía que con el tiempo serían capaces de cubrir distancias más grandes como los patos. Por lo pronto, ganaron para los montes, que por ahí abundaban, a esperar la noche para seguir liberando a sus congéneres.

La Asociación de Granjas Avícolas del Edomex llamó a sus doscientos agremiados a junta urgente. Don Francisco Estrada, presidente vitalicio de la AGA, declaró que la industria avícola se hallaba al borde de la quiebra porque una extraña enfermedad impedía que las gallinas pusieran huevos.

—Hemos logrado atrapar a algunas gallinas enfermas y nuestros mejores veterinarios no dan con el bacilo, bacteria o virus que las incapacita.

—¿Y ya las llevaste a la SAG, Paco? Ahí tienen laboratorios de investigación bien dotados —dijo el granjero Roberto Reyes, venerable anciano que en su larga vida de ochenta años jamás había visto epidemia de tal naturaleza.

—Llevé a doce. Los mejores veterinarios de la SAG no encontraron el mal —declaró el presidente vitalicio.

—Vamos a quebrar. Ni siquiera podemos vender los animales, porque se escapan por la noche —dijo Sergio García Díaz, apodado el Checo—. Llevemos algunas a la Universidad de Chapingo para que les hagan un estudio minucioso. Ahí tienen al doctor don Rolando Rosas quien de enfermedades de animales se las sabe todas.

—Además de que nadie las compraría, porque ya corrió la voz de la epidemia. La SAG va a declarar cuarentena —dijo Lupus, pintor de gallináceos torvos.

—Y no es cierto que escapen nada más por la noche —opuso, enfático, el señor Eduardo Villegas, dueño de tres mil gallinas en Metepec—. Ante mis meros ojos a pleno día, vi como las cabronas se fueron volando pal monte. No me quedan ni cien.

En la SAG había dos subsecretarios: el de Agricultura y el de Ganadería. El señor secretario, un licenciado que jamás había visto una gallina viva, siempre cocinada, llamó a Hugo Moreno, su subsecretario de Ganadería y le exigió en término perentorio un informe técnico. Cuarenta y ocho horas después conferenciaba con el licenciado Eduardo Cerecedo, licenciado en Relaciones Internacionales, que de gallinas sabía más o menos lo mismo que su jefe.

—¿Cómo está el panorama nacional gallináceo, mi querido Lalo?

—Del cocol, Hugo. En veintitrés estados de la República las gallinas no ponen. En el resto comienza a cundir la epidemia.

—¿Ya se sabe la causa?

—La ignoramos por completo.

—¿Y si decretamos el rifle sanitario? El señor presidente quiere acción. Los guachos ya tienen el dedo en el gatillo.

—De nada serviría. Y no podemos hacer eso porque las gallinas están completamente sanas. Hemos mandado gallinas a los hospitales oficiales y las han servido en caldo, en mole, en enchiladas, a la veracruzana, a la yucateca, en fin, los enfermos han comido gallina hasta hartarse. Ningún enfermo ha empeorado o contraído otra enfermedad además de la que tenía. Muchos de ellos, gracias a la sobrealimentación de caldo y carne de gallina, se han aliviado y han sido dados de alta. ¿Sabes? Me da la impresión de que estos cabrones animales se han puesto de acuerdo para no poner.

—¡No mames, Lalo!

—No tengo otra explicación. Pero ya le echamos la culpa a la Monsanto y a su maíz transgénico. Nuestros granjeros van a levantarle una demanda nacional a la Monsanto. Creo que por ahí va la explicación del mal. Aunque no sea cierto, le damos tiempo a nuestros veterinarios para investigar más a fondo.

—Tus veterinarios son unos ineptos.

—Entonces también los veterinarios gringos, porque la huelga de ponedoras ya comenzó en los estados limítrofes con México. Han venido los mejores veterinarios gringos. Vino uno de Filadelfia que se llama Filadelfo y se la peló. Tampoco dan con el mal.

—¿Tienes idea de lo que va a pasar, Lalo?

—Más o menos. Lo que dicen los periódicos. Sin el huevo, que es un alimento barato, la dieta de los niños mexicanos se empobrecerá más. Las grandes fábricas de alimento avícola quebrarán. Por ejemplo, la Purina Ralston ya anunció el cierre de su planta de Querétaro y en vías la de Sonora. Habrá sobreproducción de maíz, sorgo y milo de uso animal.

—¿Qué? ¿Las gallinas van a dejar de comer? ¡No mames, Lalo!

—Las gallinas no van a dejar de comer. Las gallinas ya están buscando su comida. Ya no les gusta el alimento artificial. Buscan alimento natural. Y ya están poniendo, pero no en forma masiva. Ponen para la conservación de la especie. Si hasta parece que piensan, las muy cabronas.

Cuando se formó el primer núcleo ciudadano de cuatro mil gallinas, su poder de raciocinio se elevó al cubo. Cuando el núcleo fue de cuatrocientas mil gallinas, reunidas en los llanos del Valle de Toluca, su capacidad pensante se elevó a la cuarta. El señor gobernador don Piña Neto mandó a todos los policías disponibles para deshacer el congreso a riflazos y macanazos. Treinta y cinco mil diablos azules salieron desde Toluca y los municipios conurbanos. La gallina, ese ser dócil y nutritivo, pasó de gran aliado a gran enemigo de la humanidad.

En el magno congreso gallináceo se tomaron decisiones muy importantes:

1º Jamás volverían a ser enjauladas para poner como locas.

2º Sólo pondrían huevos en la época de celo y para tener pollitos. No más de diez cada vez, o sea, cada seis meses.

3º Ni sus huevos ni sus pollitos serían ya mercancía para vender.

4º Se darían su propio gobierno colectivo y establecerían relaciones sociales y comerciales con los humanos, de igual a igual.

5º Fundarían la Primera Universidad Autónoma Gallinácea con la mira de preparar científicos que protegieran a la población, pues era obvio que los humanos no les darían ya medicinas.

En todo el mundo la docena de huevos aumentó de precio al mismo ritmo que el petróleo.

Discutido el caso en la plenaria de las Naciones Unidas, se optó por mandar un embajador plenipotenciario a negociar con la República Gallinácea el intercambio comercial de alimento balanceado por huevos. Se mandó al más experimentado diplomático, un cubano de nombre Rafael Carralero, quien tras de quince días de conversaciones en la cumbre, logró que se firmara el siguiente tratado:

1. Que habría un intercambio de huevos por alimento balanceado a condición de que éste no fuese elaborado con semillas transgénicas, ya que a las gallinas les daba dolor de cabeza y cáncer de ovarios.

2. Que el huevo adquiriera categoría de moneda internacional equiparable al euro pues el dólar iba en picada.

3. Que las gallinas establecerían sus ciudades y pueblos en lugares idóneos, pero que los materiales de construcción también serían canjeados por huevos.

4. Por lo tanto, los ingenieros y contratistas encargados de levantar las ciudades gallináceas serían pagados con huevos… a huevo.

5. Cualquier violación a cualquiera de los cuatro puntos antes enunciados traería como inevitable consecuencia una huelga general de ponedoras, las cuales no pondrían… ni a huevo.

6. Que a Lucero Balcázar se le erigiera un gran monumento en forma de gallina en su natal Huixquilucan.

El Tratado de Libre Comercio entre los humanos y las gallinas fue firmado: por las Naciones Unidas: Rafael Carralero. Por la República Gallinácea: el Consejo General Huevón (CGH)

martes, 22 de marzo de 2011

Proteger USB’s

Me a tocado encontrar frecuentemente que, cuando mis conocidos me piden que les copie un archivo en sus memorias USB o de otros tipos y estás han sido utilizadas en los cibercafés e incluso únicamente en las oficinas de sus trabajos, las memorias portátiles se encuentran infectadas por diferentes tipos de malware, virus, gusanos, spyware, etc.

Una manera sencilla para proteger nuestros medios portátiles de almacenamiento es el uso de un programa muy sencillo y gratuito, se trata del software de Panda Security USB Vaccine, que se puede descargar desde el blog Panda Research que fue creado con el único fin investigar y desarrollar tecnologías que hagan frente al malware que se multiplica cada día.

usbvaccine1014

La herramienta USB Vaccine que tiene un tamaño de 828 KB; y puede descargarse haciendo click en el enlace; crea un archivo especial en la memoria USB; o de cualquier otro tipo; que impide que ésta sea infectada por el software malicioso. O realiza cambios en la configuración del equipo para protegerlo también.

En el caso de querer proteger nuestras memorias se puede seleccionar desde el menú desplegable del programa al dispositivo que deseemos.

La firma MD5 del ejecutable es: 58cc5b530fc552c8e31870f90db425ed

sábado, 19 de marzo de 2011

¿Equinoccio? ¿Qué celebramos?

Aun cuando la palabra equinoccio proviene del latín aequinoctĭum y significa «noche igual»; y según el diccionario de la lengua española el equinoccio es: el momento en que la duración del día es igual a la duración de la noches, es decir 12 horas para cada uno.

Y si embargo, cuando menos para la ciudad de México, esto sucedió el pasado 14 de marzo fecha en que la salida del el sol fue a las 06:46 de la mañana y su puesta sucedió a las 18:46 dando una duración de 12 horas para el día y 12 hora para la noche. Evento que en esta página del Servicio Meteorológico Nacional también puede corroborarse.


Por lo menos esa es la enseñanza más sencilla que nos dan desde pequeños y que se difunde a través de los medios de comunicación y, que sin importar lo que se diga en contra, aun con la opinión de especialistas de la UNAM nos empeñamos en celebrar.

Si bien la definición correcta sería que el equinoccio ocurre cuando el sol atraviesa el plano del ecuador celeste, y esto si ocurre entre el 20 y el 21 de marzo para el equinoccio de primavera, resulta evidente que no corresponde con una duración igual para los ciclos de día y noche en todas la latitudes del mundo.

Eso aunado a que con las actuales técnicas de cultivo resulta prácticamente irrelevante para la producción de alimentos y; que estamos enterados de que ningún "demonio" ha perdido su lucha en contra del sol ni éste ha ganado batalla alguna; seguimos haciendo nuestras atávicas celebraciones de la época oscura de nuestra cultura.

Entonces ¿qué celebramos? después de todo, la duración igual de día y noche nos es la misma para todos los poblados del orbe, y el paso del sol por el ecuador celestial es algo que se ha repetido desde hace 4,600 millones de años aproximadamente.

Despojémonos de arcaicas creencias y usemos el cerebro para algo más.

lunes, 14 de marzo de 2011

Cuando seas vieja


Cuando seas vieja y canosa y somnolienta,

y dormitando junto el fuego, tomes este libro,

y lentamente leas, y sueñes con la dulce belleza

que tus ojos tuvieron antaño, y con sus sombras profundas;



Cuántos amaron tus momentos de alegre donaire,

y amaron tu belleza con amor falso o sincero,

pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina,

y amó también las tristezas de tu rostro cambiante;



Y cuando inclinada junto al resplandor de los leños,

murmures, con ligera tristeza, de cómo el Amor huyó

y por sobre las montañas

y escondió su rostro entre la multitud de estrellas.