jueves, 26 de febrero de 2009

Ensayo 6 El dedo que se mueve lentamente

¡Ay de nosotros, rodeados de pruebas de la mortalidad de todas las cosas! El otro día murió nuestro pequeño periquito. Por lo que sabíamos, tenía poco más de cinco años, y siempre le habíamos cuidado lo mejor que pudimos. Le alimentábamos, le dábamos agua, limpiábamos su jaula, le dejábamos salir de la jaula y volar por la casa, le enseñamos algunas palabras, pocas, pero escandalosas, le permitíamos subirse a nuestros hombros y comer lo que quisiera de nuestros platos. En pocas palabras, intentábamos que se sintiera como uno de nosotros, los humanos.


Pero, por desgracia, su proceso de envejecimiento siguió siendo el de un periquito. En este último año cada vez se mostraba más hosco y taciturno; no decía más que muy de vez en cuando sus palabras indecentes, y se pasaba más tiempo andando que volando. Y, por último, se murió. Y, naturalmente, en mi interior se está desarrollando un proceso similar.


Esta idea me pone de mal humor. Cada año bato mi marca anterior y me adentro en tierras más altas en lo que se refiere a la edad, y resulta un pobre consuelo pensar que a todo el mundo le está ocurriendo exactamente lo mismo.


La verdad pura y dura es que no me gusta envejecer. En mis buenos tiempos fui una especie de niño prodigio no demasiado espectacular: ya saben, el tipo de niño que aprende a leer solo antes de los cinco años, que ingresa en la universidad a los quince años y a los dieciocho escribe artículos que son publicados y cosas así. Como se pueden imaginar, sufría frecuentes exámenes por parte de los curiosos, como si fuera una especie de monstruo absurdo; yo tomaba invariablemente estos exámenes por admiración, y me encantaba.


Pero esta conducta lleva en sí su propio castigo, porque el dedo que se mueve va escribiendo, como dijo Edward Fitzgerald que había dicho Omar Khayyam, y una vez que ha escrito, continúa moviéndose. Y eso quiere decir que el brillante, joven, bullicioso y efervescente niño prodigio se ha convertido en un nada prodigioso individuo fofo, panzudo, legañoso y de edad mediana, y la edad se hace sentir doblemente en este tipo de personas.


Con bastante frecuencia me encuentro con algún tipo grandote, robusto y vigoroso, con las mejillas erizadas por una barba de tres días, que se me acerca y me dice con voz de bajo:


—He leído todo lo que ha escrito desde que aprendí a leer, y he buscado todo lo que escribió antes que aprendiera a leer, y también lo he leído.


Entonces siento el impulso de atizarle un derechazo en la mandíbula, y podría hacerlo si estuviera totalmente seguro que iba a respetar mis años y no me iba a devolver el golpe.


Así que no se me ocurre otro remedio que encontrar una manera de ver el lado bueno del asunto, si es que lo tiene...


A todo esto, ¿cuánto viven los organismos? Sólo podemos hacer conjeturas. Las estadísticas sobre el tema se remontan únicamente a los últimos cien años aproximadamente, y sólo para el Homo sapiens y en las zonas del mundo más «avanzadas».


Así que gran parte de las consideraciones sobre la longevidad se basan en cálculos bastante aproximados.


Pues bien: si todo el mundo se dedica a hacer conjeturas, yo también puedo hacerlo, y pueden apostar a que lo haré tan alegremente como cualquiera.


En primer lugar, ¿qué queremos decir con «duración de la vida»? Hay varias maneras de considerarla, y una de ellas es tener en cuenta el intervalo real de tiempo (por término medio) que viven los organismos reales en condiciones reales. Es lo que se llama «esperanza de vida».


Una cosa de la que podemos estar seguros es que la esperanza de vida es bastante insignificante para la mayor parte de las criaturas. Si un bacalao o una ostra ponen millones de huevos, de los cuales sólo uno o dos producen crías que sigan vivas al final del primer año, entonces la esperanza de vida media de todas las crías de bacalao o de ostra puede medirse en semanas o probablemente incluso en días. Me imagino que miles y miles de ellas no viven más de unos minutos.


Las cosas no llegan a este extremo entre las aves y los mamíferos, que cuidan hasta cierto punto de sus crías; pero apuesto a que son relativamente pocas las crías que sobreviven un año siquiera.


Sin embargo, desde el frío punto de vista de la supervivencia de las especies, esto resulta más que suficiente. Una vez que una criatura ha alcanzado la madurez sexual y ha contribuido al nacimiento de una camada de crías, de las que cuida hasta su pubertad o hasta un poco antes, ya ha contribuido a la supervivencia de la especie y puede vivir su vida. Si sobrevive y tiene más camadas, estupendo, pero no es necesario que lo haga, Evidentemente, desde el punto de vista de la supervivencia resulta muy conveniente alcanzar la madurez sexual lo más pronto posible, para que haya tiempo de engendrar a la generación siguiente antes que se extinga la anterior. Los ratones de campo alcanzan la pubertad en tres semanas, y pueden tener su primera camada seis semanas después de su nacimiento. Incluso animales tan grandes como el caballo o la vaca llegan a la pubertad al año de vida, y las ballenas más grandes a los dos años.


Algunos animales terrestres de gran tamaño pueden permitirse el lujo de ser más lentos. Los osos llegan a la adolescencia a los seis años, y los elefantes a los diez.


Los grandes carnívoros tienen una esperanza de vida de varios años, aunque sólo sea porque tienen relativamente pocos enemigos (siempre a excepción del hombre) y no es previsible que vayan a servir de comida para otras criaturas. Los herbívoros más grandes, como los elefantes y los hipopótamos, también están a salvo, y algunos más pequeños, como los mandriles y los búfalos de agua, adquieren una relativa seguridad al desplazarse en manadas.


El hombre primitivo entra dentro de esta categoría.


Vivía en pequeñas manadas y cuidaba de sus crías. En el peor de los casos disponía de mazas primitivas, y acabó por aprender a servirse del fuego. Por tanto, un hombre primitivo podía esperar vivir unos cuantos años. Aun así, la desnutrición, las enfermedades, los peligros de la caza y la crueldad del hombre con el hombre, acortaban mucho la vida en relación con nuestros niveles modernos. Naturalmente, existía un límite de duración mínima de la vida. Si los hombres no vivieran el tiempo suficiente por término medio como para engendrar a otros hombres, la raza se extinguiría. Con todo, calculo que en una sociedad primitiva una esperanza de vida de dieciocho años garantizaría con creces la supervivencia de la especie. Y tengo la sospecha que la esperanza de vida real del hombre de la edad de piedra no era mucho mayor.


Cuando el género humano empezó a desarrollar la agricultura y a domesticar a los animales, aprendió a asegurar su provisión de alimentos. Cuando aprendió a vivir en ciudades amuralladas y a regular con leyes la vida social, pudo protegerse mejor de sus enemigos humanos del interior y del exterior. Naturalmente, la esperanza de vida creció en alguna medida. En realidad, se dobló.
Pero dudo que la esperanza de vida durante la antigüedad y la época medieval llegara a los cuarenta años. Se calcula que en la Inglaterra medieval la esperanza de vida era de treinta y cinco, de manera que quien llegaba a los cuarenta era un sabio venerable. Y como la gente se casaba y tenía hijos muy temprano, no hay ninguna duda que también era ya abuelo.


Esta situación seguía estando vigente en el siglo XX en algunos lugares del mundo. En la India, por ejemplo, en 1950 la esperanza de vida era de unos 32 años; en Egipto era de 36 en 1938, y en México, de 38 en 1940.


El siguiente gran paso lo dieron los adelantos de la medicina, que consiguieron controlar las infecciones y enfermedades. Veamos el ejemplo de los Estados Unidos.


En 1850 la esperanza de vida de los hombres americanos blancos era de 38,3 (no demasiado distinta de la situación de la Inglaterra medieval o de la antigua Roma). Pero en 1900, después de los descubrimientos de Pasteur y Koch, subió hasta 48,2, de ahí a 56,3 en 1920, 60,6 en 1930, 62,8 en 1940, 66,3 en 1950, 67,3 en 1959 y 67,8 en 1961.


Las mujeres siempre se han encontrado en una situación ligeramente más favorable (ya que son el sexo fuerte).


En 1850 su esperanza de vida era de dos años más que la del hombre, y en 1961 la diferencia era ya de casi siete años. Los habitantes de los Estados Unidos que no son de raza blanca están ligeramente por debajo, y estoy seguro que esto no se debe a ninguna característica innata, sino a que generalmente ocupan una posición inferior en la escala económica. Su esperanza de vida es de unos siete años menos que la de los blancos. (Y si alguien se asombra que los negros se muestren tan inquietos últimamente, que piense que pueden conseguir siete años de vida adicionales por cabeza, lo cual no está mal para empezar.)


Aun limitándonos a los blancos, los Estados Unidos no ocupan el primer lugar en cuanto a esperanza de vida. Más bien, creo que este lugar le corresponde a Noruega y a Suecia. Las últimas cifras que he podido encontrar (de mediados de los años cincuenta) dan a los hombres escandinavos una esperanza de vida de 71 años, y a las mujeres de 74.


Este cambio en la esperanza de vida ha provocado determinados cambios en las costumbres sociales. En los siglos pasados, un viejo era un fenómeno poco frecuente, un extraordinario almacén de antiguos recuerdos y una buena guía en lo referente a las tradiciones. La vejez era respetada, y en algunas sociedades en las que la esperanza de vida sigue siendo baja y los viejos siguen siendo poco frecuentes, la vejez sigue siendo muy considerada.


También puede ser vista con temor. Hasta el siglo XIX el nacimiento de los niños seguía estando rodeado de peligros, y pocas mujeres sobrevivían al nacimiento de varios hijos (las fiebres puerperales y todas esas cosas). Por tanto, había todavía menos viejas que viejos, y éstas se consideraban un fenómeno extraño y aterrador, con sus mejillas arrugadas y sus encías desdentadas. Es posible que el temor a las brujas de los primeros tiempos de la edad moderna sea la última expresión de este fenómeno.


Hoy en día hay muchos hombres y mujeres viejos, y no se les atribuye una maldad o bondad extremadas. Es posible que esto no cambie en mucho su situación.


Podría suponerse, en vista del continuo incremento de la esperanza de vida en los lugares más desarrollados del planeta, que no hay más que esperar otro siglo para encontrar hombres que vivan como si tal cosa un siglo y medio. Por desgracia no es así. A menos que se produzca un avance biológico decisivo de la geriatría, ya hemos llegado todo lo lejos que es posible en el aumento de la esperanza de vida.


En una ocasión leí una alegoría que me ha obsesionado durante toda mi vida. No soy capaz de repetirla palabra por palabra, aunque me gustaría. Pero es algo así: la Muerte es un arquero, y la vida es un puente. Los niños empiezan a cruzar el puente alegremente, brincando y haciéndose mayores, mientras la Muerte les dispara sus flechas. Al principio, tiene muy mala puntería, y sólo muy de vez en cuando un niño es atravesado por una flecha y cae del puente a las brumas y nieblas que hay debajo. Pero a medida que la multitud avanza, la puntería de la Muerte va mejorando y aquélla va cayendo cada vez en mayor número. Por último, cuando la Muerte apunta a los ancianos que se tambalean cerca del final del puente, su puntería es perfecta y nunca falla el blanco. Y ningún hombre logra jamás atravesar el puente para ver qué es lo que hay al otro lado.


Esto sigue siendo cierto a pesar de todos los adelantos de la estructura social y de la medicina a lo largo de la historia. Se logró empeorar la puntería de la Muerte en la primera mitad de la vida, pero esas últimas flechas perfectamente dirigidas son las flechas de la vejez, e incluso ahora no fallan nunca el blanco. Todo lo que hemos hecho para erradicar la guerra, el hambre y la enfermedad ha servido para dar a más personas la oportunidad de llegar a la vejez. Cuando la esperanza de vida era de 35 años, quizás una persona de cada cien llegaba a vieja; hoy en día lo consigue casi la mitad de la población, pero la vejez sigue siendo la misma. La muerte nos atrapa a todos con toda su antigua eficacia.


Para abreviar: dejando aparte la esperanza de vida, hay una «edad específica» que señala el momento en que es más probable que muramos desde nuestro interior, sin ningún tipo de ayuda exterior; la edad a la que moriremos, incluso aunque no hayamos tenido ningún accidente ni sufrido ninguna enfermedad, y aunque nos hayamos cuidado lo mejor posible.


Hace tres mil años, el autor de los Salmos dio fe de la edad específica del hombre (Salmos, 90, 10) al decir: «Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, su afán es fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan».


Y así sigue siendo hoy; tres milenios de civilización y tres siglos de ciencia no lo han cambiado en nada. La edad más frecuente de muerte por vejez está entre los 70 y los 80 años.


Pero esa no es más que la edad más frecuente. No todos nos morimos al cumplir los setenta y cinco; algunos resistimos más, y no hay duda que cada uno de nosotros alimenta la esperanza que él, personalmente, será uno de los que resistan más tiempo. Así que en realidad a lo que le tenemos echado el ojo no es a la edad específica, sino a la edad máxima que podemos alcanzar.


Cada especie de seres multicelulares tiene una edad especifica y una edad máxima, y en las especies que han sido más o menos estudiadas, parece ser que la edad máxima representa entre un 50 y un 100 por 100 más que la edad específica. Por tanto, se considera que la edad máxima del hombre es de unos 115 años.


Desde luego, se sabe de hombres más viejos. El caso mas famoso es el de Thomas Parr («el viejo Parr»), que se supone que nació en Inglaterra en 1481 y que murió en 1635, con 154 años. La autenticidad de esta historia se pone en duda (hay quien cree que fue un fraude cuidadosamente preparado en el que intervinieron tres generaciones de la familia Parr), como la de todas las historias de este tipo. La Unión Soviética afirma que en el Cáucaso hay muchos casos de centenarios, pero todos ellos nacieron en una región y en una época en las que no se llevaban registros de los nacimientos. Por tanto, sólo tenemos la palabra del propio viejo en lo referente a su edad, y todo el mundo sabe que los ancianos tienen tendencia a echarse años. De hecho, se puede decir que es casi una regla la de que, cuanto más escasos son los registros civiles referentes a estadísticas vitales de una región determinada, más viejos afirman ser centenarios en esa región.


En 1948 una inglesa llamada Isabella Shepheard murió a la edad comprobada de 115 años. Era la última superviviente en las Islas Británicas de la época anterior al registro obligatorio de los nacimientos, así que no podemos estar completamente seguros de su edad exacta. Aun así, como mucho puede haber sido un par de años más joven. En 1814 murió un canadiense francófono llamado Fierre Joubert, quien, por lo visto, tenía pruebas fidedignas que demostraban que había nacido en 1701, así que murió a los 113 años.


Aceptemos, por tanto, 115 como la edad máxima del hombre, y preguntémonos si tenemos alguna buena razón para quejarnos de ello. ¿En cuánto sobrepasa esta cifra las edades máximas de otros tipos de organismos vivos?


Si comparamos a las plantas con los animales, no cabe duda que la palma se la llevan las plantas. No todas las plantas en general, desde luego. Citando la Biblia una vez más (Salmos, 103, 15-16): «Los días del hombre duran lo que la hierba; florecen como flor del campo, que el viento la roza y ya no existe; el terreno no volverá a verla».


Este símil alusivo a la fugacidad de la vida humana produce escalofríos en la espina dorsal; pero, ¿y si el autor de los Salmos hubiera dicho que los días del hombre duran lo que el roble, o mejor aún lo que la secoya gigante? Se cree que algunos ejemplares de este último árbol tienen más de tres mil años, y no se conoce su edad máxima.


Pero no creo que ninguno de nosotros quiera conseguir una larga vida a costa de convertirse en un árbol. Los árboles viven mucho tiempo, pero viven lentamente, pasivamente, y de una manera horriblemente aburrida. Veamos qué podemos hacer con respecto a los animales.


Los animales más simples tienen una vida sorprendentemente larga; se sabe de anémonas marinas, corales y criaturas por el estilo que tienen más de medio siglo, e incluso hay historias (aunque no muy dignas de crédito) que afirman que entre ellas hay algunos ejemplares centenarios. Entre los invertebrados más evolucionados, las langostas pueden llegar a los 50 años y las almejas a los 30.


Pero creo que podemos olvidarnos también de los invertebrados. No hay ninguna referencia digna de crédito de la existencia de invertebrados evolucionados que vivan hasta los cien años, e incluso aunque los calamares gigantes, por ejemplo, alcanzaran esa edad, nosotros no queremos ser calamares gigantes.


¿Y los vertebrados? Aquí nos encontramos con algunas leyendas, sobre todo referentes a los peces. Algunas afirman que los peces no envejecen jamás, sino que viven y crecen eternamente y no mueren hasta que se los mata. Se habla de casos de peces determinados que tienen varios siglos de edad. Por desgracia, no es posible confirmar ninguna de estas historias. La edad máxima alcanzada por un pez, según los informes de un observador acreditado, es la de un esturión de cierto lago que, al parecer, tiene bastante más de un siglo de edad, según el recuento de los anillos de la raya de púas de su aleta pectoral.


Entre los anfibios, la marca la ostenta la salamandra gigante, que puede llegar a los 50 años. Los reptiles duran más. Las serpientes pueden llegar a los 30 años y los cocodrilos a los 60, pero las que ostentan la mejor marca del reino animal son las tortugas. Hasta las tortugas más pequeñas pueden llegar al siglo, y existe una razonable certeza que al menos una gran tortuga ha vivido 152 años. Es posible que las grandes tortugas de las islas Galápagos lleguen a alcanzar los 200 años de edad.


Pero las tortugas también tienen un ritmo de vida lento y aburrido. No tan lento como el de las plantas, pero demasiado lento para nosotros. En realidad, sólo existen dos clases de seres vivos cuyas vidas sean intensas y vividas al máximo en todo momento, gracias a su sangre caliente, y son las aves y los mamíferos. (Algunos mamíferos hacen un poco de trampa e hibernan durante el invierno, y probablemente prolongan su vida de esta manera.) Podríamos sentir envidia de un tigre o de un águila si vivieran durante mucho, mucho tiempo, e incluso, a medida que las sombras de la vejez se ciernen sobre nosotros, podríamos desear cambiarnos por ellos. Pero ¿viven realmente durante mucho, mucho tiempo?


De las dos clases de criaturas, en conjunto las aves aventajan bastante a los mamíferos en lo que se refiere a la edad máxima. Una paloma puede vivir tanto como un león, y una gaviota tanto como un hipopótamo. De hecho, hay algunas leyendas referentes a la longevidad de determinados pájaros, como los loros y los cisnes, que supuestamente superan con facilidad la barrera de los cien años.


Cualquier aficionado a las historias del doctor Dolittle (¿no lo eran ustedes?) se acordará de Polinesia, el loro, que tenia trescientos y pico años. También está el poema de Tennyson, Titán, que narra la historia de ese mítico personaje al que le fue concedida la inmortalidad, pero que, por descuido, no fue liberado de la maldición de la vejez, y se fue haciendo cada vez más y más viejo hasta que fue compasivamente transformado en un saltamontes. Tennyson le hace lamentarse que la muerte le llegue a todo el mundo menos a él. Empieza diciendo que los hombres y las plantas del campo mueren, y el cuarto verso representa un primer momento culminante, al decir: «Y después de incontables veranos muere el cisne». En 1939 Aldous Huxley utilizó este verso para dar titulo a un libro sobre la lucha por alcanzar la inmortalidad física.


Pero, como de costumbre, estas historias no son más que historias. La edad máxima confirmada alcanzada por un loro es de 73 años, y me imagino que los cisnes no deben de vivir mucho más. Se ha hablado de casos de cornejas negras y de algunos buitres que han llegado a los 115 años, pero no han sido confirmados ni mucho menos.


Naturalmente, los que más nos interesan son los mamíferos, ya que eso es lo que somos nosotros, así que incluyo una lista de las edades máximas de algunos tipos de mamíferos. (Soy consciente, desde luego, que las palabras «rata» o «ciervo» se refieren a docenas de especies, cada una de ellas con su propia pauta de envejecimiento, pero no puedo hacer nada. Consideremos que los datos se refieren a la rata o al ciervo típicos.)

Elefante
Ballena
Hipopótamo
Burro
Gorila
Caballo
Chimpancé
Cebra
León
Oso
Vaca
Mono
Ciervo
Foca
77
60
49
46
45
40
39
38
35
34
30
29
25
25
Gato
Cerdo
Perro
Cabra
Oveja
Canguro
Murciélago
Conejo
Ardilla
Zorro
Cobaya
Rata
Ratón
Musaraña
20
20
18
17
16
16
15
15
15
14
7
4
3
2

Hay que recordar que son excepcionales los casos en los que se llega a la edad máxima. Por ejemplo, aunque algún conejo que otro puede llegar a vivir 15 años, el conejo medio se morirá de viejo antes de cumplir los 10 y puede que tenga una esperanza de vida de sólo 2 ó 3 años.


Por lo general, dentro de un mismo grupo de organismos con el mismo esquema o estructura, los más grandes viven más tiempo que los pequeños. Entre las plantas, la secoya gigante vive más tiempo que la margarita. Entre los animales, el esturión gigante vive más tiempo que el arenque, la salamandra gigante más que la rana, el caimán gigante más que la lagartija, el buitre más que el gorrión y el elefante más que la musaraña.


Parece ser que, sobre todo entre los mamíferos, hay una estrecha relación entre la longevidad y el tamaño. Naturalmente, hay excepciones, algunas sorprendentes. Por ejemplo, las ballenas tienen una vida extraordinariamente corta para su tamaño. La edad de 60 años mencionada en la tabla es bastante excepcional. La mayoría de los cetáceos pueden considerarse afortunados si llegan a los 30 años. Es posible que sea debido a que la vida en el agua, con la continua pérdida de calor y la permanente necesidad de nadar, acorta su duración.


Pero el hecho más sorprendente es que el hombre sea el mamífero de vida más larga, mucho más larga que la del elefante e incluso que la de nuestro pariente cercano, el gorila. Cuando se muere un hombre centenario, los únicos animales que siguen vivos de todos los que había en el mundo en el momento de su nacimiento (que nosotros sepamos) son unas cuantas flemáticas tortugas, algún anciano buitre o esturión y algunos otros hombres centenarios. No queda ni uno solo de los mamíferos no humanos que nacieron al mismo tiempo que él. Sin ninguna excepción (que nosotros sepamos), todos están muertos.


Si esto les parece asombroso, ¡esperen! Es todavía más asombroso de lo que se imaginan.


Cuanto más pequeño es un mamífero, más rápido es su metabolismo: con mayor rapidez vive, por decirlo así.


Podríamos suponer que, aunque un mamífero pequeño no vive tanto tiempo como uno grande, su vida es más veloz y más intensa. De acuerdo con algún criterio subjetivo, podría considerarse que el mamífero pequeño tiene la sensación de vivir tanto tiempo como el mamífero grande, más lento y perezoso. Una de las pruebas concretas de estas diferencias del metabolismo en los mamíferos es el pulso (la velocidad del latido del corazón). La siguiente tabla incluye una lista de cifras aproximadas del número de latidos por minuto de diferentes tipos de mamíferos.

Musaraña
Ratón
Rata
Conejo
Gato
Perro
Cerdo

1.000
550
430
150
130
95
75

Oveja
Hombre
Vaca
León
Caballo
Elefante
Ballena

75
72
60
45
38
30
17

Teniendo la frecuencia de latidos del corazón (aproximada) y la edad máxima (aproximada) de los catorce tipos de animales de la lista, y efectuando las multiplicaciones necesarias, es posible calcular la edad máxima de cada tipo de criatura, no en años, sino en número total de latidos del corazón. Estos son los resultados:

Musaraña
Ratón
Rata
Conejo
Gato
Perro
Cerdo
Oveja
León
Caballo
Vaca
Elefante
Ballena

1.050.000.000
950.000.000
900.000.000
1.150.000.000
1.350.000.000
900.000.000
800.000.000
600.000.000
830.000.000
800.000.000
950.000.000
1.200.000.000
630.000.000

Teniendo en cuenta que mis cifras son aproximadas, contemplo esta tabla final de lejos, guiñando los ojos, y llego a la siguiente conclusión: un mamífero es capaz de vivir durante más o menos mil millones de latidos del corazón, y cuando éstos se acaban, él también lo hace.


Pero habrán notado que no he incluido al hombre en esta tabla. La razón es que quiero hacer con él un caso aparte. Su ritmo de vida es el adecuado para su tamaño; el ritmo de su corazón es más o menos el mismo que el de otros animales de un peso parecido, más rápido que el ritmo de los latidos de los animales más grandes y más lento que el de los animales más pequeños. Pero su edad máxima es 115 años, lo que quiere decir que el número máximo de latidos del corazón es aproximadamente de 4.350.000.000.


¡Hay algunos hombres capaces de sobrevivir a más de cuatro mil millones de latidos! En realidad, la esperanza de vida actual del hombre americano medio es de 2.500 millones de latidos. El corazón de cualquier hombre que sobrepase el límite del cuarto de siglo ya ha dado más de mil millones de latidos y sigue siendo joven; todavía le queda lo mejor de la vida.


¿Por qué? No se trata sólo que vivimos más tiempo que el resto de los mamíferos. Si lo medimos en latidos, ¡vivimos cuatro veces más! ¿Por qué?


¿De qué carne se alimenta esta especie nuestra, que nos ha hecho crecer hasta tal punto? Ni siquiera nuestros parientes no-humanos más cercanos se aproximan a nosotros en este punto. Teniendo en cuenta que el chimpancé tiene el mismo ritmo de latidos que nosotros y que el del gorila es ligeramente más lento, sabemos que los dos viven como máximo durante aproximadamente 1.500 millones de latidos, lo cual no se diferencia demasiado de las cifras comunes entre los mamíferos. ¿Cómo es posible entonces que nosotros lleguemos a los 4.000 millones?


¿Cuál es el secreto de nuestro corazón, que le hace trabajar mucho mejor y durar mucho más que el corazón de cualquier otro mamífero existente? ¿Por qué el dedo que se mueve lo hace tan lentamente para nosotros, y sólo para nosotros?


Francamente, no lo sé, pero sea cual sea la respuesta, me siento reconfortado. Si yo perteneciera a cualquier otra especie de mamíferos, hace ya muchos años que mi corazón se habría parado, porque hace ya mucho tiempo que cumplió mil millones de latidos. (Bueno, algún tiempo.)


Pero como soy un Homo sapiens, mi maravilloso corazón late con regularidad, a pesar de todo su antiguo fuego, y sus latidos se aceleran como es debido cada vez que deben acelerarse, con una energía y una eficacia que encuentro de mi entera satisfacción.


Vaya, cuando me paro a pensarlo, soy un jovencito, un niño, un niño prodigio. Formo parte de la especie más extraordinaria de la Tierra, tanto por su longevidad como por su capacidad cerebral, y me río de los cumpleaños.


(Vamos a ver un momento... ¿Cuántos años me quedan hasta los 115?)


Nota
No me gustaría parecer morboso, pero este artículo fue escrito hace veinticinco años.


El lado bueno es que sigo aquí, a pesar que en este cuarto de siglo transcurrido me he hecho uno o dos años más viejo. Y, naturalmente, la esperanza de vida ha aumentado un poco.


El aspecto que puede ponerme un tanto nervioso es que he añadido casi mil millones de latidos a mi expediente y también me las he arreglado para resolver algunos fallos de corriente. Mis arterias coronarias se empeñaron en atascarse y, por último, tuve que vérmelas con ellas en una operación de bypass triple.


Pero, qué demonios, volvamos al lado bueno: sigo estando aquí.

jueves, 19 de febrero de 2009

Cifra tus archivos más comprometidos

La función de búsqueda instantánea de archivos de Windows Vista es muy potente, tanto que cualquier usuario puede encontrar nuestros archivos con información privada e incluso modificarlos.

Por ello, es necesario cifrar los datos que no queremos que vean, y lo haremos simplemente añadiendo la opción Cifrar al menú contextual. Yo lo suelo hacer con la carpeta de Mis Documentos, pero es posible aplicar el cifrado sobre cualquier otra.

Para ello, ve al Registro de Windows (pulsa la combinación Windows + R, escribe regedit y pulsa Aceptar) y navega hasta llegar a la siguiente ruta: HKEY_CURRENT_USER/Software/Microsoft/Windows/CurrentVersion/Explorer/Advanced.

Aquí crea un valor DWORD de 32-bits con el nombre EncryptionContextMenu (pulsa con el botón derecho del ratón en una zona vacía y selecciona Nuevo/Valor DWORD). Asígnale el valor 1 (en Información del valor) y pulsa Aceptar. Ahora, cierra el Registro de Windows y reinicia el ordenador.

TRUCO_cifrarvistaA partir de ese momento, cuando hagas clic con el botón derecho del ratón sobre cualquier carpeta de tu equipo, te aparecerá la función Cifrar. Al seleccionarla, te dejará que elijas entre dos alternativas: Aplicar los cambios sólo a esta carpeta o Aplicar los cambios a esta carpeta y a todas las subcarpetas y Archivos.

Marca la segunda de ellas y, después, pulsa sobre Aceptar. Con ello comenzará el proceso de cifrado de la carpeta escogida, de modo que ni ella ni nada de lo que contenga podrá ser visto por usuarios no autorizados.

martes, 27 de enero de 2009

Ditribuir Aplicaciones Access

Si has creado una aplicación en Microsoft Access 2007, ahora puedes distribuirla de forma sencilla sin necesidad de que sus usuarios tengan que comprar el costoso Microsoft Office. A continuación, sabrás cómo.

Partiendo de una base de datos Access, el objetivo de estas páginas, es crear el software de instalación que permita instalarla en cualquier ordenador y ejecutarla como si de cualquier otro programa se tratase. Para generar el paquete instalador se necesita Microsoft Office Access Developer Extensions, un software que no puede ejecutarse independientemente, sino que funciona junto a Microsoft Access 2007. También es preciso preparar la base de datos.

Así, crea un menú para acceder a los informes, formularios, consultas, etc. Hará más fácil su utilización. Para realizar la instalación, se necesita Microsoft Office Access Runtime 2007 (www.microsoft.com/downloads/details.aspx?FamilyId=D9AE78D9-9DC6-4B38-9FA6-2C745A175AED &displaylang=es) y Microsoft Office Access Developer Extensions 2007 (www.microsoft.com/downloads/details.aspx?FamilyId=D96A8358-ECE4-4BEE-A844-F81856DCEB67&displaylang=en).

Asimismo, si te interesa el tema, existen algunas webs de ayuda e información sobre desarrollos en Access. Dos recomendables son http://geeks.ms/blogs/access/default.aspx y http://msdn.microsoft.com/es-es/office/bb229700(en-us).aspx.

Paso 1

Instala y localiza el software.

Una vez descargado el software, ejecuta el archivo correspondiente a Access Developer Extensions 2007. Entra en Microsoft Access, pulsa sobre el botón de Office y te encontrarás con una nueva entrada en el menú denominada Developer. Si no te aparece, entra en el apartado Opciones de Access, pulsa sobre Complementos y, en el desplegable Administrar, selecciona Complementos COM.

En la siguiente ventana asegúrate de que la opción Microsoft Office Access Developer Extensions COM Addin esté activa. Ahora, ya puedes volver a acceder al botón de Office, apareciendo el mencionado Developer. Ejecuta el asistente pulsando sobre el botón Package solution.

En la primera pantalla del asistente puedes cargar una configuración previa o almacenar la que vas a crear. Selecciona la carpeta en la cual vas a almacenar el software que se genere y, finalmente, pulsa sobre Next.

Paso 2

Primeros pasos.

En la siguiente ventana, escoge la base de datos que quieres incluir en el paquete, y la carpeta y el subdirectorio en el cual se instalará el software. Hay varias alternativas para la carpeta, pero nosotros nos quedamos con User AppData (Current User).

Por su parte, en el apartado Pre-installation requirements, hay tres variables: será necesario tener instalado Access para ejecutar la base de datos; si no lo tienes, descargará vía Internet el Access 2007 Runtime; y en el equipo cliente no será necesario tener instalado Access. Esta última es la opción que debes marcar.

En Shortcut Options elige dónde quieres que se creen los accesos directos a la base de datos. Así, Start Menu los instalará en el menú Inicio y Desktop, en el escritorio. En Shortcut name pon el nombre que aparecerá en el acceso directo y en Icon puedes buscar un icono.

Paso 3

Incluye otros archivos.

Es probable que quieras introducir archivos adicionales con la base de datos; por ejemplo, tutoriales, archivos externos a la base de datos que se enlacen desde dentro, etc. Es posible adjuntarlos desde la siguiente ventana. Sólo tienes que pulsar sobre el botón Add y seleccionar el archivo que deseas añadir. En el apartado Install Subfolder, escoge la carpeta en la que se almacenará el archivo. Pulsa el botón Next y listo.

Paso 4

Toda la información.

En el apartado General Properties especifica el nombre del producto, el lenguaje de instalación (si eliges un lenguaje distinto al inglés, es necesario que tengas Internet para que se lo descargue) y la licencia de uso (la tienes que escribir en un archivo y guardarlo en .rtf). Paralelamente, en la sección Feature Information detalla la información (título y descripción) que quieras que aparezca cuando el usuario seleccione la instalación Custom (Personalizada).


Como puedes ver en la imagen, el apartado Add/Remove Programs Information cubre los datos relacionados con el nombre de la compañía, la versión del programa, la persona de contacto y la web de contacto y ayuda, que aparecerá cuando el usuario pulse sobre la opción Haga clic aquí para obtener información de soporte de tu aplicación en el icono Agregar o quitar programas del Panel de control.

Paso 5

Propiedades.

Todavía no hemos acabado con el asistente. La siguiente sección se llama File Properties for the Windows installer Package y en ella se recogen los datos que aparecerán al pulsar con el botón derecho del ratón sobre el archivo .msi del proyecto (título, asunto, autor, palabras claves y comentarios).

Y, finalmente, en Advanced Options, debes introducir la imagen de fondo que aparecerá en el instalador, la versión del producto y la versión de revisión. Pulsa sobre el enlace de ayuda si quieres modificar estos últimos valores o en Next para continuar.

Paso 6

Ejecuta la base.

Al ejecutar la base de datos, te aparecerá un entorno en el cual puedes acceder a los formularios, informes, así como a los comandos de impresión. El primer informe que se cargará por defecto será el que definiste en tu aplicación como el menú principal.

viernes, 9 de enero de 2009

Utiliza la función Ejecutar aunque se encuentre deshabilitada

Los administradores de red suelen tener muy poca fe en los usuarios que utilizan los ordenadores que ellos administran. Por eso, es muy probable que no puedas utilizar muchos de los servicios y opciones que ofrece Windows aunque seas un usuario avanzado

Es bastante posible (casi seguro) que esto suceda en tu trabajo, la universidad, el instituto o en cualquier otro sitio al que tienes acceso a un ordenador con Windows como sistema operativo.

No obstante, en ocasiones, necesitas hacer uso de estas opciones, por ejemplo la de Ejecutar, y no puedes. Tienen que ir hasta tu sitio para habilitarte la posibilidad y, previamente, convencer de ello al técnico de sistemas, ya que con esta opción se puede hacer uso de algunas tareas básicas.

Por ello, es recomendable que siempre lleves una memoria USB con la aplicación RunMimic en tu bolsillo, pues te permite disfrutar de esta consola de comandos en todo momento. Para utilizarla, simplemente haz doble clic sobre ella para que se muestre de forma automática.

Su interfaz de usuario es casi idéntica a la original de tu sistema, es simplemente un clon de la opción de Windows. Ahora, pon la orden que quieras en Open y pulsa en OK. Lo mejor de esta herramienta es que no requiere ningún tipo de instalación y que, cuando ejecutas lo que quieres en la consola de comandos, se cierra automáticamente.

jueves, 8 de enero de 2009

Ensayo 5

Usted también puede hablar gaélico
No resulta fácil demostrar al hombre de la calle que uno es químico. Al menos, cuando se ejerce la química a mi manera (exclusivamente desde mi butaca).
Si me muestran una prenda con una mancha de origen remoto, cuya composición me es desconocida, me siento totalmente impotente. Digo: « ¿Has probado a llevarlo a la tintorería?», con un tono esperanzado que decepciona inmediatamente a cualquiera que me oiga. No soy capaz de observar una pasta de composición sospechosa y decir para qué sirve sólo por el olor, y no tengo ni la más remota idea de cuáles pueden ser los componentes de un medicamento que sólo conozco por su nombre comercial.
Por consiguiente, muy pronto mis interlocutores enarcan las cejas, y empiezan a aparecer sonrisas maliciosas y a oírse roncos murmullos: « ¡Vaya químico! ¡Dios sabe en qué universidad de pacotilla habrá estudiado!»
Lo único que puedo hacer es esperar. Tarde o temprano aparece el nombre de un producto químico de dieciocho silabas, ya sea en una caja de cereales, en un frasquito de pastillas o en una botella de loción. Entonces, después de asegurarme que se hace el silencio para que todo el mundo me escuche, digo con aire casual: «Ah, sí», y pronuncio el nombre rápidamente, como una ametralladora, y todo el mundo se queda con la boca abierta en varias millas a la redonda.
Porque han de saber que, por muy incompetente que sea en lo que se refiere a los aspectos prácticos de la química, puedo hablar su jerga con toda soltura.
Pero también tengo que confesarles algo: no es nada difícil hablar de química. Sólo lo parece, porque la química orgánica (la rama de la química que cuenta con la mayor proporción de nombres enrevesados) estuvo casi totalmente monopolizada por los alemanes durante el siglo XIX. Los alemanes, por alguna extraña razón que sólo ellos conocen, tienen la costumbre de juntar las palabras y de borrar cualquier rastro de estas uniones. Lo que nosotros expresamos con una frase, ellos lo convierten en una única palabra interminable. Eso es lo que hicieron con los nombres de los compuestos orgánicos, que el inglés adoptó servilmente sin apenas alteraciones.
Por tanto, ésta es la razón que uno pueda encontrarse con un compuesto perfectamente respetable que, según todos los indicios, se limita a estar allí, sin hacer daño a nadie, y encontrarse que tiene un nombre como paradimetilaminobenzaldehído. (Y éste es bastante corto para lo que suelen ser estos nombres.)
Una persona normal, acostumbrada a palabras de un tamaño respetable, encuentra este conglomerado de letras ofensivo e irritante, pero lo cierto es que no es más que cuestión de hacerle frente y de avanzar lentamente hasta el final. Pronúncienlo así: PA-ra­di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hído. Si acentúan ustedes las silabas que están en mayúscula, se darán cuenta que después de practicar un rato pueden decirlo rápidamente y sin problemas, lo que impresionará enormemente a sus amigos.
Lo que es más, ahora que pueden decir la palabra, comprenderán mejor algo que me ocurrió en una ocasión.
Hace algunos años trabé conocimiento con este compuesto en particular, porque disuelto en ácido clorhídrico se utiliza para detectar la presencia de un compuesto llamado glucosamina, cosa que en aquella época yo estaba ansioso por hacer.
Así que me dirigí a la estantería de los reactivos y le dije a la persona que estaba allí:
— ¿Tenemos paradimetilaminobenzaldehido?
Y me contestó:
— Quieres decir PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZALde-hido.
Y lo hizo cantándolo al son de la melodía de La Lavandera Irlandesa .
Si no conocen la melodía, sólo puedo decirles que se trata de una giga irlandesa; en realidad, es la giga irlandesa: si la oyeran, la reconocerían. Me atrevo a afirmar que, si sólo conocen una giga irlandesa, o si intentan recordar alguna, se trata de ésta.
Es así: DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-didi, y así casi indefinidamente.
Por un momento me quedé sin habla, y luego, dándome cuenta de la imposibilidad de permitir que alguien fantaseara a costa de mi experimento, dije:
— ¡Claro! Es un tetrámero dactílico.
— ¿Qué? —dijo.
Se lo expliqué. Un dáctilo es un conjunto de tres sílabas en el que la primera va acentuada y las dos siguientes no, y un verso es un tetrámero dactílico cuando tiene cuatro de estos conjuntos de silabas. Cualquier cosa que siga a este esquema puede cantarse con la melodía de La lavandera irlandesa. Por ejemplo, la mayor parte del poema de Longfellow Evangeline puede cantarse de esta forma, y me apresuré a ofrecerle un ejemplo a mi compañero:
«ESte es el BOSque ancesTRAL. Los Alegres Pinos, ciCUtas...», y así sucesivamente.
Para entonces ya estaba intentando alejarse de mí, pero le seguí al trote corto. En realidad, proseguí, cualquier cosa que siga un esquema yámbico puede cantarse con la música del Humoresque de Dvorak. (Ya saben a cuál me refiero: di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM. y así continuamente.)
Por ejemplo, dije, se podría cantar el parlamento de Porcia con la música del Humoresque de esta forma: «La CAliDAD en EL perDON no ES forZAda, CAe COmo SUAve LLUvia CElesTIAL soBRE luGAres MAS baJOS».
Por fin, consiguió librarse de mí y no volvió a aparecer por el trabajo durante unos cuantos días, se lo tenía bien merecido.
Pero yo tampoco salí impune. Ni pensarlo. Me pasé varias semanas obsesionado con estos repetitivos ritmos dactílicos. PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hido-PAra-di-ME-til-a-MI-no..., resonaba una y otra vez en mi cerebro. Me revolucionaba las ideas, no me dejaba dormir y me redujo a un estado semidemencial, porque siempre estaba murmurando fieramente entre dientes, ante la alarma de los eventuales espectadores.
Por fin, logré exorcizar esta obsesión, dándole la siguiente forma. Me encontraba ante la mesa de una recepcionista, esperando la oportunidad de darle mi nombre para poder entrar a ver a una persona. Era una recepcionista irlandesa muy bonita, y por tanto yo no tenía ninguna prisa, ya que el individuo al que tenía que ver era un tipo muy masculino, y me gustaba más la recepcionista.
Así que aguardé pacientemente y le sonreí, y en ese momento su aspecto irlandés me trajo a la mente el recuerdo de ese redoble de tambor, así que me puse a cantar en voz baja (sin darme cuenta de lo que estaba haciendo): PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de­hído..., repitiendo varias veces el estribillo.
Y la recepcionista juntó las manos, encantada y exclamó:
— ¡Oh, vaya, se la sabe usted en gaélico original!
¿Qué podía hacer? Sonreí modestamente e hice que me anunciara como Isaac O'Asimov.
Desde ese día no he vuelto a cantarlo, excepto cuando cuento esta anécdota. La historia se acabó, porque después de todo, amigos, en el fondo de mi corazón yo sé que no sé ni una palabra de gaélico.
¿Pero qué son estas sílabas que tanto se parecen al gaélico? Vamos a rastrear el origen de cada una de ellas, y a intentar comprender su sentido, si es posible. Quizá después se den cuenta que ustedes también pueden hablar gaélico.
Comenzaremos por un árbol del sureste asiático, que crece principalmente en Sumatra y en Java. Este árbol rezuma una resina marrón rojiza que al quemarse produce un agradable aroma. En la época medieval los comerciantes árabes habían explorado el océano Índico y los países costeros, trayendo consigo esta resina, que llamaban «incienso javanés». Por supuesto, le llamaban eso en árabe, así que su nombre era luban javi .
Para los europeos que adquirían esta esencia a los comerciantes árabes, su nombre no era más que un conjunto de silabas sin sentido. La primera sílaba, lu, podría ser un artículo definido (lo es «el» en italiano; le y la son «el» y «la» en francés, y así sucesivamente). Por tanto, los comerciantes europeos llamaban a esta sustancia « el banjavi » o simplemente « banjavi ».
Esto tampoco tenía sentido, y sufrió una serie de transformaciones: desde «benjamín», por ejemplo (ya que ésta al menos era una palabra conocida), hasta «benjoin», y, por último, hacia 1650, se llamó «benzoin». En inglés esta resina se llama ahora gum benzoin (goma benjuí).
Alrededor de 1608, se consiguió aislar una sustancia ácida a partir de esta resina, que acabó por conocerse por el nombre de «ácido benzoico». Más adelante, en 1834, un químico alemán llamado Eilhart Mitscherlich transformó el ácido benzoico (que contiene dos átomos de oxigeno en su molécula) en un compuesto sin ningún átomo de oxigeno, formado sólo por átomos de carbono e hidrógeno. A este nuevo compuesto le llamó «benzina»; la primera silaba hace alusión a su origen.
Otro químico alemán, Justus Liebig, no estaba conforme con el sufijo -ina, que afirmaba que se utilizaba solamente para compuestos que contienen átomos de nitrógeno, cosa que no ocurría en el caso de la benzina de Mitscherlich. Liebig tenía razón en este punto. Pero propuso el sufijo -oí, que es «óleo» en alemán, porque este compuesto se mezclaba mejor con las grasas que con el agua. Sin embargo, éste no es mejor que -ina, ya que, como explicaré dentro de un instante, el sufijo -ol es utilizado por los químicos para otros fines. Pero este nombre se popularizó en Alemania, donde el compuesto sigue siendo conocido como «benzol».
En 1845, otro químico alemán más (ya les dije que la química orgánica fue monopolio de los alemanes durante el siglo XIX), August W. von Hofmann, propuso el nombre «benceno», que es el que se utiliza correctamente en casi todo el mundo, incluidos los Estados Unidos. He dicho correctamente porque la terminación -eno se suele utilizar para designar muchas moléculas compuestas únicamente por átomos de hidrógeno y carbono (hidrocarburos), y, por tanto, la terminación y el nombre resultan adecuados.
La molécula de benceno está formada por seis átomos de carbono y seis átomos de hidrógeno. Los átomos de carbono están dispuestos formando un hexágono, y cada uno de ellos está ligado a un átomo de hidrógeno. Si recordamos esta estructura, basta con decir que la fórmula del benceno es C 6 H 6 .
Quizá hayan advertido que, en el largo y tortuoso camino recorrido desde la isla de Java a la molécula de benceno, las letras que recuerdan su origen insular se han perdido por completo. En la palabra «benceno» no hay ninguna «j», ninguna «a» ni ninguna «v».
No obstante, algo hemos conseguido. Si recuerdan el compuesto de La Lavandera Irlandesa , el paradimetilaminobenzoaldehido, sin duda advertirán la presencia de la silaba «benzo». Ahora ya conocen su origen.
Llegados a este punto, vamos a seguir un rastro totalmente distinto.
Ya se sabe cómo son las mujeres (tres hurras): durante muchos siglos se han pintado las pestañas, los párpados superiores y los ángulos de los ojos con la intención que dichos ojos parezcan grandes, oscuros, misteriosos y seductores. En la antigüedad se servían de un pigmento oscuro (a menudo un compuesto de antimonio) que se molía hasta conseguir un fino polvo. Tenía que ser un polvo muy fino, por supuesto, porque una sombra de ojos grumosa tendría un aspecto espantoso.
Los árabes, con admirable sencillez, llamaban a este cosmético «el polvo finamente dividido». Pero, una vez más, lo hacían en árabe, con lo que el nombre resultante era al­kuhl ; la «h» se pronuncia de una manera un tanto gutural que soy incapaz de reproducir, y «al» significa «el» en árabe.
Los árabes fueron los grandes alquimistas de la Alta Edad Media, y cuando los europeos empezaron a dedicarse a la alquimia en la Baja Edad Media, adoptaron muchos términos árabes. Los árabes habían empezado a utilizar la denominación al-kuhl para cualquier polvo finamente dividido, sin relación con sus funciones cosméticas, y los europeos les imitaron. Pero pronunciaban y escribían la palabra de maneras muy diversas, hasta degenerar en la forma «alcohol».
Se da la circunstancia que los alquimistas siempre se sintieron incómodos con los gases o vapores. No sabían qué hacer con ellos. Tenían la vaga impresión que los vapores no eran materiales en el mismo sentido que los sólidos o los líquidos, y por tanto los llamaban «espíritus».
Les impresionaban de manera especial las sustancias que desprendían espíritus incluso a temperaturas normales (y no sólo al calentarlas), y de todas ellas, la más importante en la época medieval era el vino, así que los alquimistas hablaban de «los espíritus del vino» para referirse a los componentes volátiles de éste (y nosotros llamamos a veces a las bebidas alcohólicas «espiritosas»).
Ahora bien, cuando un líquido se evapora, parece pulverizarse hasta desvanecerse, así que los espíritus también fueron llamados «alcohol», y los alquimistas hablaban del «alcohol del vino». Y ya en el siglo XVII la, palabra «alcohol» se utilizaba únicamente para referirse a los vapores emitidos por el vino.
A principios del siglo XIX se definió la estructura molecular de estos vapores. Se descubrió que estas moléculas estaban formadas por dos átomos de carbono y uno de oxígeno alineados. Al primer átomo de carbono iban unidos tres átomos de hidrógeno, al segundo dos átomos de hidrógeno y el átomo de oxigeno, y al átomo de oxigeno un átomo de hidrógeno. Por consiguiente, su fórmula puede representarse como CH 3 CH 2 OH.
El grupo hidrógeno-oxigeno (-OH) se conoce de manera abreviada como «grupo oxidrilo». Los químicos empezaron a descubrir un gran número de compuestos en los que existe un grupo oxidrilo unido a un átomo de carbono, como ocurre en el alcohol del vino. Todos estos compuestos acabaron por ser conocidos por el nombre genérico de «alcoholes», y a cada uno se le dio un nombre determinado.
Por ejemplo, el alcohol del vino tiene un grupo de dos átomos de carbono al que están unidos un total de cinco átomos de hidrógeno. Se encontró esta misma combinación en un compuesto aislado en 1540. Este compuesto se evapora con mayor facilidad todavía que el alcohol, y el líquido desaparece con tanta rapidez que da la impresión de estar terriblemente impaciente por elevarse hacia su hogar en los cielos. Aristóteles había llamado a la materia que compone los cielos «éter», así que en 1730 esta sustancia que se evaporaba tan fácilmente fue bautizada con el nombre de spiritus aethereus , en castellano «espíritu etéreo», que acabó por acortarse a «éter».
El grupo de dos carbonos y cinco hidrógenos del éter (hay dos grupos así en cada molécula) fue llamado «grupo etílico», naturalmente, y como este grupo está presente en el alcohol del vino, éste dio en llamarse «alcohol etílico» alrededor de 1850.
Entonces sucedió que los químicos consideraron suficiente añadir al nombre de un compuesto el sufijo -ol para indicar que se trataba de un alcohol, con un grupo oxidrilo. Esta es la razón que se pusieran reparos al nombre «benzol» para el compuesto C 6 H 6 . El benceno no tiene ningún grupo oxidrilo, no es un alcohol, y su nombre ha de ser «benceno» y no «benzol». ¿Me han oído?
Es posible eliminar dos átomos de hidrógeno de un alcohol quitando el átomo de hidrógeno que está unido al de oxígeno y uno de los dos átomos de hidrógeno que están unidos al carbono. En ese caso la molécula CH 3 CH 2 OH se transformaría en la molécula CH 3 CHO.
Liebig (el responsable del horrible término «benzol») lo consiguió en 1835, y fue el primero en aislar el CH 3 CHO.
Como la eliminación de átomos de hidrógeno se llama, naturalmente, «deshidrogenación», Liebig sintetizó un alcohol deshidrogenado, y así lo llamó. Pero como lo hizo en latín, el nombre era alcohol dehydrogenatus .
Este nombre resulta demasiado largo para un compuesto tan sencillo, y los químicos, que al fin y al cabo son tan humanos como cualquiera (¡de verdad!), tienen tendencia a acortar los nombres largos prescindiendo de algunas silabas. Si cogemos la primera sílaba de alcohol y las dos primeras silabas de dehydrogenatus y las colocamos juntas, tenemos la palabra «aldehído».
De esta forma, la combinación de un átomo de carbono con uno de hidrógeno y otro de oxígeno (-CHO), que constituye una parte tan importante de la molécula de alcohol deshidrogenado, dio en llamarse «grupo aldehído», y cualquier compuesto que lo contuviese era un aldehído.
Por ejemplo, volviendo al benceno, C 6 H 6 , imaginemos que quitamos uno de sus átomos de hidrógeno y lo sustituimos por un grupo -CHO; obtendríamos el compuesto C 6 H 5 CHO, que es el «bencenoaldehído», o, utilizando la forma abreviada universalmente utilizada, «benzaldehído».
Remontémonos de nuevo a los antiguos egipcios. El dios patrón de la ciudad egipcia de Tebas, en el Alto Nilo, se llamaba Amón. Cuando Tebas se impuso sobre las demás ciudades egipcias, durante las dinastías XVIII y XIX, la época de mayor poderío militar egipcio, Amón, como es natural, se impuso sobre el resto de los dioses egipcios. Amón exigió la construcción de un gran número de templos, entre ellos uno situado en un oasis del desierto norteafricano, bastante al oeste del centro principal de la cultura egipcia. Este dios era conocido por los griegos y más tarde por los romanos, que lo llamaban Ammon .
Todas las zonas desérticas tienen el problema de la obtención de combustibles. Uno de los combustibles que se utilizan en el norte de África es el estiércol de camello. El hollín producido por el estiércol de camello quemado, que dejó rastros en los muros y el techo del templo, contenía cristales blancos parecidos a la sal, que los romanos llamaron «sal amónica», es decir, «la sal de Ammon ». (La expresión «sal amónica» se sigue utilizando en la jerga de los farmacéuticos, pero los químicos de hoy en día llaman a esta sustancia «cloruro amónico».)
En 1774 el químico inglés Joseph Priestley descubrió que al calentar la sal amónica se desprendía un gas de olor penetrante, y en 1782 el químico sueco Torbern Olof Bergmann propuso llamar «amoníaco» a este vapor. Tres años más tarde, un químico francés, Claude Louis Berthollet, determinó la estructura de la molécula de amoníaco.
Está formada por un átomo de nitrógeno al que están unidos tres átomos de hidrógeno, así que su fórmula es NH 3 .
Con el paso del tiempo los químicos que estudiaban los compuestos orgánicos (es decir, los compuestos que contienen átomos de carbono) descubrieron que era frecuente que una combinación de un átomo de nitrógeno y dos átomos de hidrógeno (-NH 2 ) apareciera unida a uno de los átomos de carbono de la molécula orgánica. Estaba clara la similitud de esta combinación con la molécula de amoníaco, y ya en 1860 el grupo -NH 2 era llamado «grupo amino» para subrayar esta similitud.
Ahora bien, volviendo a nuestro benzaldehído, C 6 H 5 CHO, si eliminamos un segundo átomo de hidrógeno del benceno original y lo sustituimos por un grupo amino, obtendremos

C 6 H 4 (CHO) (NH 2 ),

que es el «aminobenzaldehido».
Antes me he referido al alcohol del vino, CH 3 CH 2 OH, y lo he llamado «alcohol etílico». También puede ser llamado (y lo es a menudo) «alcohol de grano», porque se obtiene a partir de la fermentación del grano. Pero, como ya apunté, no es el único alcohol que existe, ni mucho menos. Ya en 1661 el químico inglés Robert Boyle descubrió que al calentar madera en ausencia de aire obtenía ciertos vapores, algunos de los cuales se condensaban formando un líquido claro.
Detectó la presencia en este líquido de una sustancia muy parecida al alcohol corriente, pero no exactamente igual. (Se evapora con más facilidad que el alcohol corriente y es mucho más venenoso, por citar sólo dos de las diferencias.) Este nuevo alcohol fue llamado «alcohol de madera».
Pero para que un nombre científico tenga la autoridad que le corresponde siempre se buscan términos griegos o latinos. Vino, en griego, es methy , y madera, yli . Para decir «vino de la madera» (esto es, «alcohol de madera»), hay que unir las dos palabras griegas, y así obtenemos methyl .
El primero en hacerlo fue el químico suizo Jöns Jacob Berzelius, alrededor de 1835, y desde entonces el alcohol de madera es, para los químicos, «alcohol metílico».
En 1834 el químico francés Jean Baptiste André Dumas (que yo sepa, no era pariente del novelista) determinó la fórmula del alcohol metílico. Resultó ser más simple que la del alcohol etílico; sólo contiene un átomo de carbono. La fórmula es CH 3 OH. Por esta razón, el grupo formado por un átomo de carbono y tres átomos de hidrógeno (-CH 3 ) pasó a ser conocido como «grupo metílico».
El químico francés Charles Adolphe Wurtz (nacido en Alsacia, lo cual explica su apellido alemán) descubrió en 1849 que uno de los dos átomos de hidrógeno del grupo amino podía ser sustituido por el grupo metílico, produciendo el compuesto -NHCH 3 . Naturalmente, se trata de un «grupo metilamino». Si se sustituyeran los dos átomos de hidrógeno por grupos metílicos, la fórmula sería -N(CH 3 ) 2 , y tendríamos un «grupo dimetilamino». (El prefijo di- viene del griego dis, que significa «dos veces». Es decir, el grupo metílico se suma dos veces al grupo amino.)
Podemos ahora volver a nuestro aminobenzaldehído, C 6 H 4 (CHO) (NH 2 ). Si en lugar de un grupo amino hubiéramos añadido un grupo dimetilamino, la fórmula sería C 6 H 4 (CHO)(N(CH 3 ) 2 ), y se llamaría «dimetilaminobenzaldehído».
Volvamos al benceno una vez más. Su molécula es un hexágono compuesto por seis átomos de carbono, a cada uno de los cuales va unido un átomo de hidrógeno. Hemos sustituido uno de los átomos de hidrógeno por un grupo aldehído, y otro por un grupo dimetilamino, para formar dimetilaminobenzaldehído; pero, ¿qué dos átomos de hidrógeno hemos sustituido?
En un hexágono perfectamente simétrico, como el que forma la molécula de benceno, sólo existen tres maneras de seleccionar dos átomos de hidrógeno. Podemos eliminar los átomos de hidrógeno de dos átomos de carbono contiguos, o de dos átomos de carbono seleccionados de manera que entre ellos permanezca intacto un grupo de carbono-hidrógeno, o podemos eliminarlos de manera que entre ellos permanezcan intactos dos grupos de carbono-hidrógeno.
Si numeramos la secuencia de átomos de carbono del hexágono del uno al seis, las tres combinaciones posibles afectan a los carbonos 1 y 2, 1 y 3, y 1 y 4 respectivamente.
Si dibujan ustedes un diagrama (muy sencillo), verán que no es posible ninguna otra combinación. Todas las combinaciones diferentes de dos átomos de carbono del hexágono se reducen a uno u otro de estos tres casos.
Los químicos han dado un nombre a cada una de estas combinaciones. La combinación 1,2 es ortho , de la palabra griega «derecho» o «correcto», quizá porque es la más simple en apariencia, y, lo que parece simple, también parece correcto.
El prefijo meta - viene de una palabra griega, que significa «en medio de», pero que tiene también otro significado, «después del siguiente»; por tanto, es un buen nombre para la combinación 1,3. Se sustituye el hidrógeno del primer carbono, el siguiente se deja como está, y se vuelve a sustituir el carbono «después del siguiente».
El prefijo para- viene de una palabra griega que significa «al lado de», o «lado a lado». Si marcamos los ángulos 1 y 4 de un hexágono y le damos la vuelta de manera que el 1 esté en el extremo izquierdo, entonces el 4 estará en el extremo derecho. Realmente están «lado a lado», y por tanto para - se utiliza para la combinación 1,4.
Ahora ya sabemos por dónde andamos. Cuando decimos «para­dimetilaminobenzaldehido», estamos diciendo que el grupo dimetilamino y el grupo aldehído están unidos a los carbonos 1 y 4 respectivamente. Se encuentran en los extremos opuestos del anillo de benceno, y su fórmula es CHOC 6 H 4 N(CH 3 ) 2 .
¿Lo ven?
Ahora que ya saben gaélico, ¿qué creen que son los siguientes compuestos?
1) alfa-di-glucósido-beta-di-fructofuranosa;
2) dos, tres-dihidro-tres-oxobencenosulfonazolona;
3) delta-cuatro-pregnona-diecisiete-alfa, veintiuno, diol-tres, once, veinte-triona;
4) clorhidrato de dos-metil-cinco-cuatro-metil-betaoxietil-cloruro de tiazolonio-metil­seis-amino-pirimidina.
Por si acaso su gaélico es todavía un poco elemental, les daré las respuestas. Son:
1) azúcar de mesa;
2) sacarina;
3) cortisona;
4) vitamina B1.
¿No es sencillo?