martes, 27 de enero de 2009

Ditribuir Aplicaciones Access

Si has creado una aplicación en Microsoft Access 2007, ahora puedes distribuirla de forma sencilla sin necesidad de que sus usuarios tengan que comprar el costoso Microsoft Office. A continuación, sabrás cómo.

Partiendo de una base de datos Access, el objetivo de estas páginas, es crear el software de instalación que permita instalarla en cualquier ordenador y ejecutarla como si de cualquier otro programa se tratase. Para generar el paquete instalador se necesita Microsoft Office Access Developer Extensions, un software que no puede ejecutarse independientemente, sino que funciona junto a Microsoft Access 2007. También es preciso preparar la base de datos.

Así, crea un menú para acceder a los informes, formularios, consultas, etc. Hará más fácil su utilización. Para realizar la instalación, se necesita Microsoft Office Access Runtime 2007 (www.microsoft.com/downloads/details.aspx?FamilyId=D9AE78D9-9DC6-4B38-9FA6-2C745A175AED &displaylang=es) y Microsoft Office Access Developer Extensions 2007 (www.microsoft.com/downloads/details.aspx?FamilyId=D96A8358-ECE4-4BEE-A844-F81856DCEB67&displaylang=en).

Asimismo, si te interesa el tema, existen algunas webs de ayuda e información sobre desarrollos en Access. Dos recomendables son http://geeks.ms/blogs/access/default.aspx y http://msdn.microsoft.com/es-es/office/bb229700(en-us).aspx.

Paso 1

Instala y localiza el software.

Una vez descargado el software, ejecuta el archivo correspondiente a Access Developer Extensions 2007. Entra en Microsoft Access, pulsa sobre el botón de Office y te encontrarás con una nueva entrada en el menú denominada Developer. Si no te aparece, entra en el apartado Opciones de Access, pulsa sobre Complementos y, en el desplegable Administrar, selecciona Complementos COM.

En la siguiente ventana asegúrate de que la opción Microsoft Office Access Developer Extensions COM Addin esté activa. Ahora, ya puedes volver a acceder al botón de Office, apareciendo el mencionado Developer. Ejecuta el asistente pulsando sobre el botón Package solution.

En la primera pantalla del asistente puedes cargar una configuración previa o almacenar la que vas a crear. Selecciona la carpeta en la cual vas a almacenar el software que se genere y, finalmente, pulsa sobre Next.

Paso 2

Primeros pasos.

En la siguiente ventana, escoge la base de datos que quieres incluir en el paquete, y la carpeta y el subdirectorio en el cual se instalará el software. Hay varias alternativas para la carpeta, pero nosotros nos quedamos con User AppData (Current User).

Por su parte, en el apartado Pre-installation requirements, hay tres variables: será necesario tener instalado Access para ejecutar la base de datos; si no lo tienes, descargará vía Internet el Access 2007 Runtime; y en el equipo cliente no será necesario tener instalado Access. Esta última es la opción que debes marcar.

En Shortcut Options elige dónde quieres que se creen los accesos directos a la base de datos. Así, Start Menu los instalará en el menú Inicio y Desktop, en el escritorio. En Shortcut name pon el nombre que aparecerá en el acceso directo y en Icon puedes buscar un icono.

Paso 3

Incluye otros archivos.

Es probable que quieras introducir archivos adicionales con la base de datos; por ejemplo, tutoriales, archivos externos a la base de datos que se enlacen desde dentro, etc. Es posible adjuntarlos desde la siguiente ventana. Sólo tienes que pulsar sobre el botón Add y seleccionar el archivo que deseas añadir. En el apartado Install Subfolder, escoge la carpeta en la que se almacenará el archivo. Pulsa el botón Next y listo.

Paso 4

Toda la información.

En el apartado General Properties especifica el nombre del producto, el lenguaje de instalación (si eliges un lenguaje distinto al inglés, es necesario que tengas Internet para que se lo descargue) y la licencia de uso (la tienes que escribir en un archivo y guardarlo en .rtf). Paralelamente, en la sección Feature Information detalla la información (título y descripción) que quieras que aparezca cuando el usuario seleccione la instalación Custom (Personalizada).


Como puedes ver en la imagen, el apartado Add/Remove Programs Information cubre los datos relacionados con el nombre de la compañía, la versión del programa, la persona de contacto y la web de contacto y ayuda, que aparecerá cuando el usuario pulse sobre la opción Haga clic aquí para obtener información de soporte de tu aplicación en el icono Agregar o quitar programas del Panel de control.

Paso 5

Propiedades.

Todavía no hemos acabado con el asistente. La siguiente sección se llama File Properties for the Windows installer Package y en ella se recogen los datos que aparecerán al pulsar con el botón derecho del ratón sobre el archivo .msi del proyecto (título, asunto, autor, palabras claves y comentarios).

Y, finalmente, en Advanced Options, debes introducir la imagen de fondo que aparecerá en el instalador, la versión del producto y la versión de revisión. Pulsa sobre el enlace de ayuda si quieres modificar estos últimos valores o en Next para continuar.

Paso 6

Ejecuta la base.

Al ejecutar la base de datos, te aparecerá un entorno en el cual puedes acceder a los formularios, informes, así como a los comandos de impresión. El primer informe que se cargará por defecto será el que definiste en tu aplicación como el menú principal.

viernes, 9 de enero de 2009

Utiliza la función Ejecutar aunque se encuentre deshabilitada

Los administradores de red suelen tener muy poca fe en los usuarios que utilizan los ordenadores que ellos administran. Por eso, es muy probable que no puedas utilizar muchos de los servicios y opciones que ofrece Windows aunque seas un usuario avanzado

Es bastante posible (casi seguro) que esto suceda en tu trabajo, la universidad, el instituto o en cualquier otro sitio al que tienes acceso a un ordenador con Windows como sistema operativo.

No obstante, en ocasiones, necesitas hacer uso de estas opciones, por ejemplo la de Ejecutar, y no puedes. Tienen que ir hasta tu sitio para habilitarte la posibilidad y, previamente, convencer de ello al técnico de sistemas, ya que con esta opción se puede hacer uso de algunas tareas básicas.

Por ello, es recomendable que siempre lleves una memoria USB con la aplicación RunMimic en tu bolsillo, pues te permite disfrutar de esta consola de comandos en todo momento. Para utilizarla, simplemente haz doble clic sobre ella para que se muestre de forma automática.

Su interfaz de usuario es casi idéntica a la original de tu sistema, es simplemente un clon de la opción de Windows. Ahora, pon la orden que quieras en Open y pulsa en OK. Lo mejor de esta herramienta es que no requiere ningún tipo de instalación y que, cuando ejecutas lo que quieres en la consola de comandos, se cierra automáticamente.

jueves, 8 de enero de 2009

Ensayo 5

Usted también puede hablar gaélico
No resulta fácil demostrar al hombre de la calle que uno es químico. Al menos, cuando se ejerce la química a mi manera (exclusivamente desde mi butaca).
Si me muestran una prenda con una mancha de origen remoto, cuya composición me es desconocida, me siento totalmente impotente. Digo: « ¿Has probado a llevarlo a la tintorería?», con un tono esperanzado que decepciona inmediatamente a cualquiera que me oiga. No soy capaz de observar una pasta de composición sospechosa y decir para qué sirve sólo por el olor, y no tengo ni la más remota idea de cuáles pueden ser los componentes de un medicamento que sólo conozco por su nombre comercial.
Por consiguiente, muy pronto mis interlocutores enarcan las cejas, y empiezan a aparecer sonrisas maliciosas y a oírse roncos murmullos: « ¡Vaya químico! ¡Dios sabe en qué universidad de pacotilla habrá estudiado!»
Lo único que puedo hacer es esperar. Tarde o temprano aparece el nombre de un producto químico de dieciocho silabas, ya sea en una caja de cereales, en un frasquito de pastillas o en una botella de loción. Entonces, después de asegurarme que se hace el silencio para que todo el mundo me escuche, digo con aire casual: «Ah, sí», y pronuncio el nombre rápidamente, como una ametralladora, y todo el mundo se queda con la boca abierta en varias millas a la redonda.
Porque han de saber que, por muy incompetente que sea en lo que se refiere a los aspectos prácticos de la química, puedo hablar su jerga con toda soltura.
Pero también tengo que confesarles algo: no es nada difícil hablar de química. Sólo lo parece, porque la química orgánica (la rama de la química que cuenta con la mayor proporción de nombres enrevesados) estuvo casi totalmente monopolizada por los alemanes durante el siglo XIX. Los alemanes, por alguna extraña razón que sólo ellos conocen, tienen la costumbre de juntar las palabras y de borrar cualquier rastro de estas uniones. Lo que nosotros expresamos con una frase, ellos lo convierten en una única palabra interminable. Eso es lo que hicieron con los nombres de los compuestos orgánicos, que el inglés adoptó servilmente sin apenas alteraciones.
Por tanto, ésta es la razón que uno pueda encontrarse con un compuesto perfectamente respetable que, según todos los indicios, se limita a estar allí, sin hacer daño a nadie, y encontrarse que tiene un nombre como paradimetilaminobenzaldehído. (Y éste es bastante corto para lo que suelen ser estos nombres.)
Una persona normal, acostumbrada a palabras de un tamaño respetable, encuentra este conglomerado de letras ofensivo e irritante, pero lo cierto es que no es más que cuestión de hacerle frente y de avanzar lentamente hasta el final. Pronúncienlo así: PA-ra­di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hído. Si acentúan ustedes las silabas que están en mayúscula, se darán cuenta que después de practicar un rato pueden decirlo rápidamente y sin problemas, lo que impresionará enormemente a sus amigos.
Lo que es más, ahora que pueden decir la palabra, comprenderán mejor algo que me ocurrió en una ocasión.
Hace algunos años trabé conocimiento con este compuesto en particular, porque disuelto en ácido clorhídrico se utiliza para detectar la presencia de un compuesto llamado glucosamina, cosa que en aquella época yo estaba ansioso por hacer.
Así que me dirigí a la estantería de los reactivos y le dije a la persona que estaba allí:
— ¿Tenemos paradimetilaminobenzaldehido?
Y me contestó:
— Quieres decir PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZALde-hido.
Y lo hizo cantándolo al son de la melodía de La Lavandera Irlandesa .
Si no conocen la melodía, sólo puedo decirles que se trata de una giga irlandesa; en realidad, es la giga irlandesa: si la oyeran, la reconocerían. Me atrevo a afirmar que, si sólo conocen una giga irlandesa, o si intentan recordar alguna, se trata de ésta.
Es así: DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-didi, y así casi indefinidamente.
Por un momento me quedé sin habla, y luego, dándome cuenta de la imposibilidad de permitir que alguien fantaseara a costa de mi experimento, dije:
— ¡Claro! Es un tetrámero dactílico.
— ¿Qué? —dijo.
Se lo expliqué. Un dáctilo es un conjunto de tres sílabas en el que la primera va acentuada y las dos siguientes no, y un verso es un tetrámero dactílico cuando tiene cuatro de estos conjuntos de silabas. Cualquier cosa que siga a este esquema puede cantarse con la melodía de La lavandera irlandesa. Por ejemplo, la mayor parte del poema de Longfellow Evangeline puede cantarse de esta forma, y me apresuré a ofrecerle un ejemplo a mi compañero:
«ESte es el BOSque ancesTRAL. Los Alegres Pinos, ciCUtas...», y así sucesivamente.
Para entonces ya estaba intentando alejarse de mí, pero le seguí al trote corto. En realidad, proseguí, cualquier cosa que siga un esquema yámbico puede cantarse con la música del Humoresque de Dvorak. (Ya saben a cuál me refiero: di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM. y así continuamente.)
Por ejemplo, dije, se podría cantar el parlamento de Porcia con la música del Humoresque de esta forma: «La CAliDAD en EL perDON no ES forZAda, CAe COmo SUAve LLUvia CElesTIAL soBRE luGAres MAS baJOS».
Por fin, consiguió librarse de mí y no volvió a aparecer por el trabajo durante unos cuantos días, se lo tenía bien merecido.
Pero yo tampoco salí impune. Ni pensarlo. Me pasé varias semanas obsesionado con estos repetitivos ritmos dactílicos. PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hido-PAra-di-ME-til-a-MI-no..., resonaba una y otra vez en mi cerebro. Me revolucionaba las ideas, no me dejaba dormir y me redujo a un estado semidemencial, porque siempre estaba murmurando fieramente entre dientes, ante la alarma de los eventuales espectadores.
Por fin, logré exorcizar esta obsesión, dándole la siguiente forma. Me encontraba ante la mesa de una recepcionista, esperando la oportunidad de darle mi nombre para poder entrar a ver a una persona. Era una recepcionista irlandesa muy bonita, y por tanto yo no tenía ninguna prisa, ya que el individuo al que tenía que ver era un tipo muy masculino, y me gustaba más la recepcionista.
Así que aguardé pacientemente y le sonreí, y en ese momento su aspecto irlandés me trajo a la mente el recuerdo de ese redoble de tambor, así que me puse a cantar en voz baja (sin darme cuenta de lo que estaba haciendo): PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de­hído..., repitiendo varias veces el estribillo.
Y la recepcionista juntó las manos, encantada y exclamó:
— ¡Oh, vaya, se la sabe usted en gaélico original!
¿Qué podía hacer? Sonreí modestamente e hice que me anunciara como Isaac O'Asimov.
Desde ese día no he vuelto a cantarlo, excepto cuando cuento esta anécdota. La historia se acabó, porque después de todo, amigos, en el fondo de mi corazón yo sé que no sé ni una palabra de gaélico.
¿Pero qué son estas sílabas que tanto se parecen al gaélico? Vamos a rastrear el origen de cada una de ellas, y a intentar comprender su sentido, si es posible. Quizá después se den cuenta que ustedes también pueden hablar gaélico.
Comenzaremos por un árbol del sureste asiático, que crece principalmente en Sumatra y en Java. Este árbol rezuma una resina marrón rojiza que al quemarse produce un agradable aroma. En la época medieval los comerciantes árabes habían explorado el océano Índico y los países costeros, trayendo consigo esta resina, que llamaban «incienso javanés». Por supuesto, le llamaban eso en árabe, así que su nombre era luban javi .
Para los europeos que adquirían esta esencia a los comerciantes árabes, su nombre no era más que un conjunto de silabas sin sentido. La primera sílaba, lu, podría ser un artículo definido (lo es «el» en italiano; le y la son «el» y «la» en francés, y así sucesivamente). Por tanto, los comerciantes europeos llamaban a esta sustancia « el banjavi » o simplemente « banjavi ».
Esto tampoco tenía sentido, y sufrió una serie de transformaciones: desde «benjamín», por ejemplo (ya que ésta al menos era una palabra conocida), hasta «benjoin», y, por último, hacia 1650, se llamó «benzoin». En inglés esta resina se llama ahora gum benzoin (goma benjuí).
Alrededor de 1608, se consiguió aislar una sustancia ácida a partir de esta resina, que acabó por conocerse por el nombre de «ácido benzoico». Más adelante, en 1834, un químico alemán llamado Eilhart Mitscherlich transformó el ácido benzoico (que contiene dos átomos de oxigeno en su molécula) en un compuesto sin ningún átomo de oxigeno, formado sólo por átomos de carbono e hidrógeno. A este nuevo compuesto le llamó «benzina»; la primera silaba hace alusión a su origen.
Otro químico alemán, Justus Liebig, no estaba conforme con el sufijo -ina, que afirmaba que se utilizaba solamente para compuestos que contienen átomos de nitrógeno, cosa que no ocurría en el caso de la benzina de Mitscherlich. Liebig tenía razón en este punto. Pero propuso el sufijo -oí, que es «óleo» en alemán, porque este compuesto se mezclaba mejor con las grasas que con el agua. Sin embargo, éste no es mejor que -ina, ya que, como explicaré dentro de un instante, el sufijo -ol es utilizado por los químicos para otros fines. Pero este nombre se popularizó en Alemania, donde el compuesto sigue siendo conocido como «benzol».
En 1845, otro químico alemán más (ya les dije que la química orgánica fue monopolio de los alemanes durante el siglo XIX), August W. von Hofmann, propuso el nombre «benceno», que es el que se utiliza correctamente en casi todo el mundo, incluidos los Estados Unidos. He dicho correctamente porque la terminación -eno se suele utilizar para designar muchas moléculas compuestas únicamente por átomos de hidrógeno y carbono (hidrocarburos), y, por tanto, la terminación y el nombre resultan adecuados.
La molécula de benceno está formada por seis átomos de carbono y seis átomos de hidrógeno. Los átomos de carbono están dispuestos formando un hexágono, y cada uno de ellos está ligado a un átomo de hidrógeno. Si recordamos esta estructura, basta con decir que la fórmula del benceno es C 6 H 6 .
Quizá hayan advertido que, en el largo y tortuoso camino recorrido desde la isla de Java a la molécula de benceno, las letras que recuerdan su origen insular se han perdido por completo. En la palabra «benceno» no hay ninguna «j», ninguna «a» ni ninguna «v».
No obstante, algo hemos conseguido. Si recuerdan el compuesto de La Lavandera Irlandesa , el paradimetilaminobenzoaldehido, sin duda advertirán la presencia de la silaba «benzo». Ahora ya conocen su origen.
Llegados a este punto, vamos a seguir un rastro totalmente distinto.
Ya se sabe cómo son las mujeres (tres hurras): durante muchos siglos se han pintado las pestañas, los párpados superiores y los ángulos de los ojos con la intención que dichos ojos parezcan grandes, oscuros, misteriosos y seductores. En la antigüedad se servían de un pigmento oscuro (a menudo un compuesto de antimonio) que se molía hasta conseguir un fino polvo. Tenía que ser un polvo muy fino, por supuesto, porque una sombra de ojos grumosa tendría un aspecto espantoso.
Los árabes, con admirable sencillez, llamaban a este cosmético «el polvo finamente dividido». Pero, una vez más, lo hacían en árabe, con lo que el nombre resultante era al­kuhl ; la «h» se pronuncia de una manera un tanto gutural que soy incapaz de reproducir, y «al» significa «el» en árabe.
Los árabes fueron los grandes alquimistas de la Alta Edad Media, y cuando los europeos empezaron a dedicarse a la alquimia en la Baja Edad Media, adoptaron muchos términos árabes. Los árabes habían empezado a utilizar la denominación al-kuhl para cualquier polvo finamente dividido, sin relación con sus funciones cosméticas, y los europeos les imitaron. Pero pronunciaban y escribían la palabra de maneras muy diversas, hasta degenerar en la forma «alcohol».
Se da la circunstancia que los alquimistas siempre se sintieron incómodos con los gases o vapores. No sabían qué hacer con ellos. Tenían la vaga impresión que los vapores no eran materiales en el mismo sentido que los sólidos o los líquidos, y por tanto los llamaban «espíritus».
Les impresionaban de manera especial las sustancias que desprendían espíritus incluso a temperaturas normales (y no sólo al calentarlas), y de todas ellas, la más importante en la época medieval era el vino, así que los alquimistas hablaban de «los espíritus del vino» para referirse a los componentes volátiles de éste (y nosotros llamamos a veces a las bebidas alcohólicas «espiritosas»).
Ahora bien, cuando un líquido se evapora, parece pulverizarse hasta desvanecerse, así que los espíritus también fueron llamados «alcohol», y los alquimistas hablaban del «alcohol del vino». Y ya en el siglo XVII la, palabra «alcohol» se utilizaba únicamente para referirse a los vapores emitidos por el vino.
A principios del siglo XIX se definió la estructura molecular de estos vapores. Se descubrió que estas moléculas estaban formadas por dos átomos de carbono y uno de oxígeno alineados. Al primer átomo de carbono iban unidos tres átomos de hidrógeno, al segundo dos átomos de hidrógeno y el átomo de oxigeno, y al átomo de oxigeno un átomo de hidrógeno. Por consiguiente, su fórmula puede representarse como CH 3 CH 2 OH.
El grupo hidrógeno-oxigeno (-OH) se conoce de manera abreviada como «grupo oxidrilo». Los químicos empezaron a descubrir un gran número de compuestos en los que existe un grupo oxidrilo unido a un átomo de carbono, como ocurre en el alcohol del vino. Todos estos compuestos acabaron por ser conocidos por el nombre genérico de «alcoholes», y a cada uno se le dio un nombre determinado.
Por ejemplo, el alcohol del vino tiene un grupo de dos átomos de carbono al que están unidos un total de cinco átomos de hidrógeno. Se encontró esta misma combinación en un compuesto aislado en 1540. Este compuesto se evapora con mayor facilidad todavía que el alcohol, y el líquido desaparece con tanta rapidez que da la impresión de estar terriblemente impaciente por elevarse hacia su hogar en los cielos. Aristóteles había llamado a la materia que compone los cielos «éter», así que en 1730 esta sustancia que se evaporaba tan fácilmente fue bautizada con el nombre de spiritus aethereus , en castellano «espíritu etéreo», que acabó por acortarse a «éter».
El grupo de dos carbonos y cinco hidrógenos del éter (hay dos grupos así en cada molécula) fue llamado «grupo etílico», naturalmente, y como este grupo está presente en el alcohol del vino, éste dio en llamarse «alcohol etílico» alrededor de 1850.
Entonces sucedió que los químicos consideraron suficiente añadir al nombre de un compuesto el sufijo -ol para indicar que se trataba de un alcohol, con un grupo oxidrilo. Esta es la razón que se pusieran reparos al nombre «benzol» para el compuesto C 6 H 6 . El benceno no tiene ningún grupo oxidrilo, no es un alcohol, y su nombre ha de ser «benceno» y no «benzol». ¿Me han oído?
Es posible eliminar dos átomos de hidrógeno de un alcohol quitando el átomo de hidrógeno que está unido al de oxígeno y uno de los dos átomos de hidrógeno que están unidos al carbono. En ese caso la molécula CH 3 CH 2 OH se transformaría en la molécula CH 3 CHO.
Liebig (el responsable del horrible término «benzol») lo consiguió en 1835, y fue el primero en aislar el CH 3 CHO.
Como la eliminación de átomos de hidrógeno se llama, naturalmente, «deshidrogenación», Liebig sintetizó un alcohol deshidrogenado, y así lo llamó. Pero como lo hizo en latín, el nombre era alcohol dehydrogenatus .
Este nombre resulta demasiado largo para un compuesto tan sencillo, y los químicos, que al fin y al cabo son tan humanos como cualquiera (¡de verdad!), tienen tendencia a acortar los nombres largos prescindiendo de algunas silabas. Si cogemos la primera sílaba de alcohol y las dos primeras silabas de dehydrogenatus y las colocamos juntas, tenemos la palabra «aldehído».
De esta forma, la combinación de un átomo de carbono con uno de hidrógeno y otro de oxígeno (-CHO), que constituye una parte tan importante de la molécula de alcohol deshidrogenado, dio en llamarse «grupo aldehído», y cualquier compuesto que lo contuviese era un aldehído.
Por ejemplo, volviendo al benceno, C 6 H 6 , imaginemos que quitamos uno de sus átomos de hidrógeno y lo sustituimos por un grupo -CHO; obtendríamos el compuesto C 6 H 5 CHO, que es el «bencenoaldehído», o, utilizando la forma abreviada universalmente utilizada, «benzaldehído».
Remontémonos de nuevo a los antiguos egipcios. El dios patrón de la ciudad egipcia de Tebas, en el Alto Nilo, se llamaba Amón. Cuando Tebas se impuso sobre las demás ciudades egipcias, durante las dinastías XVIII y XIX, la época de mayor poderío militar egipcio, Amón, como es natural, se impuso sobre el resto de los dioses egipcios. Amón exigió la construcción de un gran número de templos, entre ellos uno situado en un oasis del desierto norteafricano, bastante al oeste del centro principal de la cultura egipcia. Este dios era conocido por los griegos y más tarde por los romanos, que lo llamaban Ammon .
Todas las zonas desérticas tienen el problema de la obtención de combustibles. Uno de los combustibles que se utilizan en el norte de África es el estiércol de camello. El hollín producido por el estiércol de camello quemado, que dejó rastros en los muros y el techo del templo, contenía cristales blancos parecidos a la sal, que los romanos llamaron «sal amónica», es decir, «la sal de Ammon ». (La expresión «sal amónica» se sigue utilizando en la jerga de los farmacéuticos, pero los químicos de hoy en día llaman a esta sustancia «cloruro amónico».)
En 1774 el químico inglés Joseph Priestley descubrió que al calentar la sal amónica se desprendía un gas de olor penetrante, y en 1782 el químico sueco Torbern Olof Bergmann propuso llamar «amoníaco» a este vapor. Tres años más tarde, un químico francés, Claude Louis Berthollet, determinó la estructura de la molécula de amoníaco.
Está formada por un átomo de nitrógeno al que están unidos tres átomos de hidrógeno, así que su fórmula es NH 3 .
Con el paso del tiempo los químicos que estudiaban los compuestos orgánicos (es decir, los compuestos que contienen átomos de carbono) descubrieron que era frecuente que una combinación de un átomo de nitrógeno y dos átomos de hidrógeno (-NH 2 ) apareciera unida a uno de los átomos de carbono de la molécula orgánica. Estaba clara la similitud de esta combinación con la molécula de amoníaco, y ya en 1860 el grupo -NH 2 era llamado «grupo amino» para subrayar esta similitud.
Ahora bien, volviendo a nuestro benzaldehído, C 6 H 5 CHO, si eliminamos un segundo átomo de hidrógeno del benceno original y lo sustituimos por un grupo amino, obtendremos

C 6 H 4 (CHO) (NH 2 ),

que es el «aminobenzaldehido».
Antes me he referido al alcohol del vino, CH 3 CH 2 OH, y lo he llamado «alcohol etílico». También puede ser llamado (y lo es a menudo) «alcohol de grano», porque se obtiene a partir de la fermentación del grano. Pero, como ya apunté, no es el único alcohol que existe, ni mucho menos. Ya en 1661 el químico inglés Robert Boyle descubrió que al calentar madera en ausencia de aire obtenía ciertos vapores, algunos de los cuales se condensaban formando un líquido claro.
Detectó la presencia en este líquido de una sustancia muy parecida al alcohol corriente, pero no exactamente igual. (Se evapora con más facilidad que el alcohol corriente y es mucho más venenoso, por citar sólo dos de las diferencias.) Este nuevo alcohol fue llamado «alcohol de madera».
Pero para que un nombre científico tenga la autoridad que le corresponde siempre se buscan términos griegos o latinos. Vino, en griego, es methy , y madera, yli . Para decir «vino de la madera» (esto es, «alcohol de madera»), hay que unir las dos palabras griegas, y así obtenemos methyl .
El primero en hacerlo fue el químico suizo Jöns Jacob Berzelius, alrededor de 1835, y desde entonces el alcohol de madera es, para los químicos, «alcohol metílico».
En 1834 el químico francés Jean Baptiste André Dumas (que yo sepa, no era pariente del novelista) determinó la fórmula del alcohol metílico. Resultó ser más simple que la del alcohol etílico; sólo contiene un átomo de carbono. La fórmula es CH 3 OH. Por esta razón, el grupo formado por un átomo de carbono y tres átomos de hidrógeno (-CH 3 ) pasó a ser conocido como «grupo metílico».
El químico francés Charles Adolphe Wurtz (nacido en Alsacia, lo cual explica su apellido alemán) descubrió en 1849 que uno de los dos átomos de hidrógeno del grupo amino podía ser sustituido por el grupo metílico, produciendo el compuesto -NHCH 3 . Naturalmente, se trata de un «grupo metilamino». Si se sustituyeran los dos átomos de hidrógeno por grupos metílicos, la fórmula sería -N(CH 3 ) 2 , y tendríamos un «grupo dimetilamino». (El prefijo di- viene del griego dis, que significa «dos veces». Es decir, el grupo metílico se suma dos veces al grupo amino.)
Podemos ahora volver a nuestro aminobenzaldehído, C 6 H 4 (CHO) (NH 2 ). Si en lugar de un grupo amino hubiéramos añadido un grupo dimetilamino, la fórmula sería C 6 H 4 (CHO)(N(CH 3 ) 2 ), y se llamaría «dimetilaminobenzaldehído».
Volvamos al benceno una vez más. Su molécula es un hexágono compuesto por seis átomos de carbono, a cada uno de los cuales va unido un átomo de hidrógeno. Hemos sustituido uno de los átomos de hidrógeno por un grupo aldehído, y otro por un grupo dimetilamino, para formar dimetilaminobenzaldehído; pero, ¿qué dos átomos de hidrógeno hemos sustituido?
En un hexágono perfectamente simétrico, como el que forma la molécula de benceno, sólo existen tres maneras de seleccionar dos átomos de hidrógeno. Podemos eliminar los átomos de hidrógeno de dos átomos de carbono contiguos, o de dos átomos de carbono seleccionados de manera que entre ellos permanezca intacto un grupo de carbono-hidrógeno, o podemos eliminarlos de manera que entre ellos permanezcan intactos dos grupos de carbono-hidrógeno.
Si numeramos la secuencia de átomos de carbono del hexágono del uno al seis, las tres combinaciones posibles afectan a los carbonos 1 y 2, 1 y 3, y 1 y 4 respectivamente.
Si dibujan ustedes un diagrama (muy sencillo), verán que no es posible ninguna otra combinación. Todas las combinaciones diferentes de dos átomos de carbono del hexágono se reducen a uno u otro de estos tres casos.
Los químicos han dado un nombre a cada una de estas combinaciones. La combinación 1,2 es ortho , de la palabra griega «derecho» o «correcto», quizá porque es la más simple en apariencia, y, lo que parece simple, también parece correcto.
El prefijo meta - viene de una palabra griega, que significa «en medio de», pero que tiene también otro significado, «después del siguiente»; por tanto, es un buen nombre para la combinación 1,3. Se sustituye el hidrógeno del primer carbono, el siguiente se deja como está, y se vuelve a sustituir el carbono «después del siguiente».
El prefijo para- viene de una palabra griega que significa «al lado de», o «lado a lado». Si marcamos los ángulos 1 y 4 de un hexágono y le damos la vuelta de manera que el 1 esté en el extremo izquierdo, entonces el 4 estará en el extremo derecho. Realmente están «lado a lado», y por tanto para - se utiliza para la combinación 1,4.
Ahora ya sabemos por dónde andamos. Cuando decimos «para­dimetilaminobenzaldehido», estamos diciendo que el grupo dimetilamino y el grupo aldehído están unidos a los carbonos 1 y 4 respectivamente. Se encuentran en los extremos opuestos del anillo de benceno, y su fórmula es CHOC 6 H 4 N(CH 3 ) 2 .
¿Lo ven?
Ahora que ya saben gaélico, ¿qué creen que son los siguientes compuestos?
1) alfa-di-glucósido-beta-di-fructofuranosa;
2) dos, tres-dihidro-tres-oxobencenosulfonazolona;
3) delta-cuatro-pregnona-diecisiete-alfa, veintiuno, diol-tres, once, veinte-triona;
4) clorhidrato de dos-metil-cinco-cuatro-metil-betaoxietil-cloruro de tiazolonio-metil­seis-amino-pirimidina.
Por si acaso su gaélico es todavía un poco elemental, les daré las respuestas. Son:
1) azúcar de mesa;
2) sacarina;
3) cortisona;
4) vitamina B1.
¿No es sencillo?

Deshabilitar el molesto mensaje de poco espacio en el disco duro.

Windows Vista, emite avisos que pueden llegar a resultar molestos, especialmente el que indica que mi disco duro tiene poco espacio

Éste me ofrece la opción de limpiar algunos archivos temporales, pero me resulta molesto, porque conozco el espacio de que dispongo. Para evitarlo, tienes que ir al el Editor del Registro y ejecutar regedit. En la ventana que muestra, localiza la entrada que se llama Explorer dentro de HKEY_CURRENT_USERSoftwareMicrosoftWindowsCurrent versionPolicies.



Ahora, pulsa con el botón derecho en cualquier parte sin usar y crea un nuevo valor DWORD (32 Bits) con el nombre NoLowDiskSpaceChecks. Haz clic con el botón derecho del ratón para modificar este DWORD y elige Modificar. Tras ello, cambia el valor 0 a 1.



Si quieres que Vista «vuelva a molestarte de nuevo», borra el valor DWORD que acabas de crear y todo volverá a ser como antes.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Ensayo 4

El huevo y el infusorio
De vez en cuando se leen comentarios que ponen de relieve que el cerebro humano está mucho más condensado que cualquier ordenador electrónico.
Es cierto que el cerebro humano es una maravilla de condensación en comparación con las máquinas pensantes construidas por el hombre, pero tengo la impresión que esto no se debe a ninguna diferencia fundamental entre la naturaleza del mecanismo del cerebro y la de los mecanismos que activan los ordenadores. Más bien tengo la impresión que la diferencia reside en el tamaño de los componentes respectivos.
Se calcula que el córtex del cerebro humano está formado por más de diez mil millones de células nerviosas, mientras que el primer ordenador electrónico moderno, el ENIAC, tenía unos veinte mil conmutadores. No sé cuántos tienen los ordenadores más modernos, pero sé con seguridad que no se acercan ni con mucho a los diez mil millones.
Por tanto, lo más asombroso no es el cerebro, sino la célula que no sólo es considerablemente más pequeña que cualquier unidad constituyente de una máquina fabricada por el hombre, sino que, además, es mucho más flexible.
Además de actuar como un conmutador o amplificador electrónico (o lo que sea que haga en el interior del cerebro), actúa también como una planta química completa.
Además, las células no necesitan agruparse en números terriblemente grandes para constituir un organismo. Desde luego, un cuerpo humano contiene aproximadamente 50.000.000.000.000 (cincuenta billones) de células, y la ballena más grande nada menos que 100.000.000.000.000.000 (cien mil billones), pero se trata de excepciones. La musaraña más pequeña contiene sólo 7.000.000.000 de células, y los pequeños seres invertebrados un número aún menor. Los invertebrados más pequeños están formados por unas cien células solamente, y sin embargo realizan todas las funciones de los organismos vivos.
De hecho (y estoy seguro que ustedes saben más que yo de estas cuestiones), existen organismos vivos con capacidad para realizar todas las funciones básicas de la vida pese a estar compuestos por una única célula.
Por tanto, si vamos a ocuparnos de lo condensadas que pueden llegar a estar las cosas, examinemos la célula y hagámonos las preguntas: ¿hasta qué punto puede estar condensada una estructura viviente? ¿Hasta qué punto puede ser pequeño un objeto sin perder su condición de ser vivo?
Para empezar, ¿qué tamaño tiene una célula? No hay una respuesta única a esta pregunta, porque hay células y células, y algunas son más grandes que otras. Casi todas son microscópicas, pero algunas son tan grandes que resultan claramente, incluso inevitablemente, visibles sin el microscopio. En último extremo, es posible que una célula sea tan grande como una cabeza humana. Los gigantes del mundo celular son las diferentes células huevo que producen los animales. La célula huevo humana (el óvulo), por ejemplo, es la célula de mayor tamaño producida por el cuerpo humano (de los dos sexos), y es visible a simple vista. Tiene el tamaño aproximado de una cabeza de alfiler.
Para cuantificar el tamaño y comparar el óvulo humano de forma razonable con otras células, tanto mayores como menores, vamos a elegir una unidad de medida que nos resulte cómoda. El centímetro e incluso el milímetro son unidades demasiado grandes para la mayoría de las células, si exceptuamos determinadas células huevo. Por tanto, voy a utilizar la micra, que es la milésima parte de un milímetro. Para las medidas de volumen utilizaremos la micra cúbica, que es el volumen de un cubo de una micra de lado. Se trata de una unidad de volumen muy pequeña, como comprenderán si piensan que un centímetro cúbico (que resulta fácilmente visualizable) contiene 1.000.000.000.000 (un billón) de micras cúbicas.
En una pulgada cúbica (unos 16 centímetros cúbicos) hay un número de micras cúbicas igual a la tercera parte de las células que hay en el cuerpo humano. Esto, por si solo, nos indica que estamos manejando una unidad de magnitud correcta para trabajar con volúmenes celulares.
Volvamos, pues, a las células huevo. El óvulo humano es una pequeña esfera de unas 140 micras de diámetro, y por tanto de 70 micras de radio. Elevando 70 al cubo y multiplicando el resultado por 4,18 (les ahorro tanto la base lógica como los detalles de esta operación aritmética), tenemos que el óvulo humano ocupa un volumen de un poco más de
1.400.000 micras cúbicas. Pero el óvulo humano no es muy grande para ser una célula huevo. Los de los seres que ponen huevos, sobre todo las aves, son mucho mayores, y los huevos de ave, por grandes que sean, son células aisladas (por lo menos al principio). El huevo de ave más grande del que se tienen noticias era el del extinguido Aepyornis de Madagascar, también conocido como el ave elefante, y que según se dice puede haber dado origen al mito del « pájaro roc » de Las mil y una Noches . El roc era un pájaro tan grande que podía volar con un elefante en una de sus garras y un rinoceronte en la otra. Su huevo era tan grande como una casa. En realidad, el Aepyornis no era tan líricamente inmenso. No podía salir volando con ningún animal, por pequeño que fuera, ya que era totalmente incapaz de volar. Y su huevo era bastante más pequeño que una casa. No obstante, tenía un diámetro de unos 24 cm y una longitud de unos 33 cm, con un volumen de 9 litros, lo que ya resulta suficientemente tremendo si nos atenemos a la insípida realidad. No sólo se trata del huevo más grande jamás puesto por ave alguna, sino posiblemente también del más grande jamás puesto por cualquier criatura, incluyendo los grandes reptiles del mesozoico. En efecto, el huevo del Aepyornis se acercaba al tamaño máximo que puede llegar a alcanzar un huevo con una cáscara de carbonato cálcico y sin ningún dispositivo de agarre ni tirante interno. Si admitimos que el huevo del Aepyornis es el más grande, entonces es también la célula más grande que se tiene noticia. Volviendo al aquí y ahora, el huevo más grande (y, por tanto, la célula) producido por una criatura viviente es el de avestruz. Mide entre 15 y 18 cm y tiene de 10 a 15 cm de diámetro, y, por si les interesa, un huevo de avestruz tarda cuarenta minutos en cocerse. Un huevo de gallina grande tiene un diámetro aproximado de 7,5 cm de longitud. El huevo de ave más pequeño es el de una especie de colibrí que pone huevos de poco más de un centímetro de longitud.
Ahora vamos a calcular el volumen aproximado de estos valores:

Huevo Volumen (micras 3 )
Aepyornis
Avestruz
Gallina
Colibrí
Ser humano
7.500.000.000.000.000
1.100.000.000.000.000
50.000.000.000.000
400.000.000.000
1.400.000

Como ven, la escala de tamaños de los huevos es enormemente amplia. Incluso el huevo de ave más pequeño tiene un volumen unas 300.000 veces mayor que el del óvulo humano, mientras que el huevo más grande es casi 20.000 veces más grande que el menor.
En otras palabras, la relación entre el tamaño del huevo del Aepyornis y el del colibrí es la misma que existe entre el tamaño de la ballena más grande y el de un perro de tamaño mediano, y la relación entre el tamaño del huevo de colibrí y el óvulo humano es igual a la relación entre el tamaño de esa misma ballena y una rata grande.
Y, sin embargo, aunque el huevo está formado por una sola célula, no es el tipo de célula que podríamos considerar típica. En primer lugar, en su gran mayoría no se trata de materia viva. Es evidente que la cáscara no está viva, y la clara es simplemente un almacén de agua. La verdadera célula es, en realidad, la yema, e incluso ésta es casi en su totalidad un almacén de alimentos.
Si queremos hacernos una idea más real del tamaño de las células, concentrémonos en las que contienen un suministro de alimentos que sólo cubre las necesidades diarias; es decir, células que son en su mayor parte protoplasma.
Estas células sin yema tienen tamaños variables desde los límites de su visibilidad hacia abajo, del mismo modo que las células huevo tienen tamaños variables desde los límites de su visibilidad hacia arriba.
En realidad, estos grupos a veces se solapan. Por ejemplo, la ameba, un organismo autónomo simple formado por una sola célula, tiene un diámetro de unas doscientas micras y un volumen de 4.200.000 micras cúbicas, tres veces mayor que el óvulo humano.
Sin embargo, las células que constituyen los organismos multicelulares son considerablemente más pequeñas.
Los volúmenes de las diferentes células del cuerpo humano oscilan entre 200 y
15.000 micras cúbicas. Una célula del hígado, por ejemplo, ocupa un volumen de 1.750 micras cúbicas. Si consideramos cuerpos semejantes a células que no son células completas, los volúmenes se hacen menores.
Por ejemplo, el glóbulo rojo humano, que es una célula incompleta al carecer de núcleo, es bastante más pequeño que las células normales del cuerpo humano, con un volumen de sólo 90 micras cúbicas.
Por otra parte, mientras que el óvulo femenino es la célula más grande que producen los seres humanos, el espermatozoide masculino es la más pequeña. La mayor parte del espermatozoide es núcleo celular, en realidad sólo medio núcleo, y su volumen es de unas 17 micras cúbicas.
Es posible que esto les lleve a creer que las células que componen un organismo multicelular son demasiado pequeñas como para constituir fragmentos vivos individuales e independientes, y que una célula tiene que ser anormalmente grande para poder disfrutar de autonomía. Después de todo, una ameba es 2.400 veces más grande que una célula del hígado, así que es posible que ésta esté más allá del límite de compacidad necesario para que exista vida independiente.
Pero no es así. No hay duda que las células del cuerpo humano no pueden funcionar como organismos autónomos, pero esto se debe únicamente a que cumplen funciones demasiado especializadas y no a que sean demasiado pequeñas. Existen células que constituyen organismos independientes mucho más pequeños que la ameba, más pequeñas incluso que el espermatozoide humano. Me refiero a las bacterias.
Las bacterias más grandes no sobrepasan siquiera un volumen de 7 micras cúbicas, mientras que el volumen de las más pequeñas puede llegar a ser de 0,02 micras cúbicas.
Podemos resumirlo así:

Células sin yema Volumen (micras 3 )
Ameba
Célula del hígado humano
Glóbulo rojo humano
Espermatozoide humano
Bacteria mayor
Bacteria menor
4.200.000
1.750
90
17
7
0,02

Una vez más nos encontramos con una gama muy amplia. La relación entre el tamaño de un organismo unicelular grande, como la ameba, y otro pequeño, como una minúscula bacteria, es la misma que la existente entre el tamaño de la mayor ballena adulta y un ejemplar mediano de la variedad más pequeña de musaraña. Y la diferencia de tamaños entre la bacteria más grande y la más pequeña es la misma que hay entre un elefante grande y un niño pequeño.
Ahora bien, ¿cómo demonios es posible que toda la complejidad de la vida quepa en una minúscula bacteria, doscientos millones de veces más pequeña que una simple ameba?
Una vez más, se trata de un problema relacionado con la compacidad, y es necesario que hagamos una pausa para reflexionar sobre las unidades. Cuando pensamos en el peso físico de un cerebro, éste no es más que una pequeña cantidad de tejidos. Pero cuando pensamos en el número de células que lo forman, se convierte en un complejo de pequeñas unidades tremendamente complicado. Del mismo modo, al hablar de las células, vamos a olvidarnos de las micras cúbicas y a empezar a pensar en términos de átomos y moléculas.
Una micra cúbica de protoplasma contiene unos 40.000.000.000 de moléculas. Teniendo esto en cuenta, podemos rehacer la última tabla en términos moleculares:

Células Número de moléculas
Ameba
Célula del hígado humano
Glóbulo rojo humano
Espermatozoide humano
Bacteria mayor
Bacteria menor
170.000.000.000.000.000
70.000.000.000.000
3.600.000.000.000
680.000.000.000
280.000.000.000
800.000.000

En este punto resulta tentador afirmar que la molécula es la unidad de la célula, de igual manera que la célula es la unidad de los organismos multicelulares. De hacerlo, podríamos seguir con el razonamiento afirmando que la ameba es diecisiete millones de veces más complicada, en términos moleculares, que el cerebro humano en términos celulares. En ese caso la compacidad de la ameba como recipiente de vida resultaría menos sorprendente.
Pero este razonamiento oculta una trampa. Casi todas las moléculas del protoplasma son moléculas de agua, simples combinaciones de H 2 0. Dios sabe que estas moléculas son esenciales para la vida, pero su función principal es servir de base para el desarrollo de otros procesos.
No son las moléculas características de la vida. Las moléculas que son verdaderamente características de la vida son las complejas macromoléculas de nitrógeno y fósforo: las proteínas, los ácidos nucleicos y los fosfolípidos. Todas ellas no representan más que una diezmilésima parte de las moléculas de los tejidos vivos.
(Ahora bien, no estoy diciendo que estas macromoléculas representen sólo 1/10.000 del peso de los tejidos vivos, sino del número de moléculas. Las macromoléculas individuales son mucho más pesadas que las moléculas de agua. Por ejemplo, una molécula de proteína es, por término medio, dos mil veces más pesada que una molécula de agua. En un sistema que estuviera compuesto por dos mil moléculas de agua y una molécula de proteína, el número de moléculas de proteína sólo representaría 1/2.001 del total, pero el peso de la proteína representaría 1/2 del total.)
Revisemos entonces la tabla una vez más:

Células Macromoléculas de nitrógeno y fósforo
Ameba
Célula del hígado humano
Glóbulo rojo humano
Espermatozoide humano
Bacteria mayor
Bacteria menor
17.000.000.000.000
7.000.000.000
360.000.000
68.000.000
28.000.000
80.000

Por tanto, podemos decir que la célula humana es, por lo general, tan compleja, en términos moleculares, como el cerebro humano en términos celulares. Sin embargo, las bacterias son considerablemente más simples que el cerebro, mientras que la ameba es considerablemente más compleja.
Aun así, hasta la bacteria más simple crece y se divide con gran rapidez, y no hay nada menos simple, desde el punto de vista químico, que los procesos de crecimiento y división. Esa bacteria tan simple, apenas visible con la ayuda de un buen microscopio óptico, es un activo, complicado y completo laboratorio químico.
Ahora bien, la mayoría de las 80.000 macromoléculas que componen la bacteria más pequeña (digamos unas 50.000 poco más o menos) son enzimas, cada uno de ellos capaz de catalizar una determinada reacción química. Si en el interior de una célula se están produciendo continuamente 2.000 reacciones químicas distintas, cada una de ellas necesaria para el crecimiento y la multiplicación (esto también es una conjetura), entonces en cada reacción participan, por término medio, unos 25 enzimas.
Una fábrica en la que se llevaran a cabo 2.000 operaciones distintas con máquinas, cada una de las cuales empleara a 25 hombres, sería justamente considerada una estructura extremadamente compleja. Hasta la bacteria más pequeña alcanza esta complejidad.
También podemos considerarlo desde otro punto de vista. Alrededor del cambio de siglo, los bioquímicos empezaron a darse cuenta que, además de los elementos atómicos evidentemente presentes en los tejidos vivos (como el carbono, el hidrógeno, el oxigeno, el nitrógeno, el azufre, el fósforo y otros), el cuerpo necesitaba también determinados metales en muy pequeñas cantidades.
Como ejemplo, pensemos en los dos últimos elementos que se han incorporado a la lista de metales presentes en pequeñas cantidades en el cuerpo humano, el molibdeno y el cobalto. En todo el cuerpo humano hay quizás unos 18 miligramos de molibdeno y 12 miligramos de cobalto. Esta cantidad, no obstante ser tan pequeña, resulta absolutamente esencial. El cuerpo no podría existir sin ella.
Y, lo que es aún más extraordinario, todos estos minerales presentes en pequeñas cantidades, incluyendo el molibdeno y el cobalto, parecen ser esenciales para todas y cada una de las células. Si dividimos unos 15 miligramos de estos elementos entre los cincuenta billones de células del cuerpo humano, ¡qué pequeñísima parte de otra pequeñísima parte le corresponde a cada una! Parece evidente que las células podrían pasarse sin ella.
Pero sólo es así si persistimos en pensar en términos de las unidades de peso corrientes, en lugar de pensar en términos de átomos. En una célula cualquiera hay, aproximadamente, unos 40 átomos de molibdeno y de cobalto por cada mil millones de moléculas. Por tanto, vamos a hacer otra tabla más:

Células Número de átomos de molibdeno y cobalto
Ameba
Célula del hígado humano
Glóbulo rojo humano
Espermatozoide humano
Bacteria mayor
Bacteria menor
6.800.000.000
2.800.000
144.000
27.200
11.200
32

(Atención, las células que aparecen en la lista no son necesariamente «comunes». Sé, con bastante seguridad, que una célula del hígado contiene una cantidad mayor que la media de estos átomos, y que el glóbulo rojo contiene una cantidad menor; del mismo modo, en la tabla anterior el espermatozoide, desde luego, contiene una cantidad mayor que lo normal de macromoléculas. Sin embargo, me niego rotundamente a andarme con sutilezas.)
Como ven, después de todo, los minerales presentes en pequeñas cantidades tampoco son tan escasos. Una ameba contiene miles de millones de átomos, y una célula del cuerpo humano, millones de éstos. Hasta las bacterias más grandes contienen miles de ellos.
Pero las bacterias más pequeñas sólo tienen un par de docenas de estos átomos, y esto concuerda con mi anterior conclusión que las bacterias más pequeñas pueden tener una media de 25 enzimas que intervienen en cada reacción.
El cobalto y el molibdeno (y los otros metales presentes en pequeñas cantidades) resultan esenciales, porque son claves para importantes enzimas. Suponiendo que haya un átomo por cada molécula enzimática, en total sólo hay un par de docenas de estas moléculas en la bacteria más pequeña.
Aquí es posible que nos parezca que nos acercamos al límite mínimo. Es poco probable que el número de enzimas diferentes esté distribuido regularmente. En algunos casos habrá más de un par de docenas, y en otros menos. Es posible que sólo estén presentes uno o dos enzimas clave determinados. Para una célula con un volumen de menos de 0,02 micras cúbicas, las probabilidades que algunas enzimas clave sean empujadas fuera de ésta son cada vez mayores; de ocurrir esto, la célula dejaría de crecer y de multiplicarse.
Por tanto, resulta razonable suponer que la bacteria más pequeña visible con ayuda de un buen microscopio óptico es verdaderamente la porción más pequeña de materia en la que es posible introducir todos los procesos característicos de la vida. Visto de esta manera, esta bacteria representa el límite de compacidad en lo que se refiere a los organismos vivos.
Pero, ¿y los organismos que son aún más pequeños que la más pequeña bacteria y que, al carecer de algún enzima o enzimas esenciales, no crecen ni se desarrollan en condiciones normales? ¿Podemos considerarlos como organismos completamente inertes por el hecho que no tienen una vida autónoma?
Antes de responder, tengamos en cuenta que esos pequeños organismos (que podemos llamar subcélulas) siguen siendo potencialmente capaces de crecer y multiplicarse. Esta potencialidad puede traducirse en hechos si les proporcionamos la enzima o enzimas necesarias para ello, y éstos sólo pueden proceder de una célula viva completa.
Por tanto, una subcélula es un organismo que tiene la capacidad de invadir una célula para crecer y multiplicarse en su interior, utilizando la dotación enzimática de ésta para suplir sus deficiencias.
Las subcélulas más grandes que existen son las rickettsias, que toman su nombre de un patólogo americano, Howard Taylor Ricketts, quien en 1909 descubrió que los insectos eran los agentes transmisores del tifus exantemático de las montañas Rocosas, enfermedad producida por estas subcélulas. Murió al año siguiente de fiebre tifoidea, de la que se había contagiado en el curso de sus investigaciones sobre esta enfermedad, que también transmiten algunos insectos. Tenía treinta y nueve años, y la recompensa que obtuvo por sacrificar su vida por el bien del género humano fue, como ya pueden imaginarse, el olvido.
Las rickettsias más pequeñas se confunden con los virus (no hay una divisoria claramente marcada), y los más pequeños de entre éstos sobrepasan el tamaño de los genes, que se encuentran en el núcleo de las células y que llevan en su estructura información genética parecida a la de los virus.
Para seguir hablando de estas subcélulas, vamos a dejar de utilizar la micra cúbica como unidad de volumen, porque de no hacerlo tendríamos que trabajar con decimales pequeñísimos. En su lugar utilizaremos la milimicra cúbica. Una milimicra es la milésima parte de una micra.
Por tanto, una milimicra cúbica es 1/1.000 por 1/1.000 por 1/1.000, o una milmillonésima parte de una micra cúbica. En otras palabras, el volumen de la bacteria más pequeña, 0,02 micras cúbicas, es igual a 20.000.000 milimicras cúbicas. Ahora podemos presentar una tabla de volúmenes de las subcélulas:

Subcélulas Volumen (milimicra 3 )
Rickettsia de la fiebre tifoidea
Virus de la viruela (vacuna)
Virus de la gripe
Bacteriófagas
Virus del mosaico del tabaco
Gen
Virus de la fiebre amarilla
Virus de la pezuña del caballo
54.000.000
5.600.000
800.000
520.000
50.000
40.000
5.600
700

Las subcélulas presentan grandes diferencias de volumen. La rickettsia más grande es tres veces mayor que la bacteria más pequeña. (No es sólo el tamaño el que determina la condición de subcélula, sino la ausencia de al menos un enzima esencial.) Por otra parte, la subcélula más pequeña tiene un tamaño de sólo 1/3.500 del de la bacteria más pequeña. La relación de tamaños entre la subcélula más grande y la más pequeña es la misma que hay entre la ballena más grande y un perro de tamaño medio.
A medida que bajamos por la escala de subcélulas, disminuye el número de moléculas. Naturalmente, las macromoléculas de nitrógeno-fósforo no desaparecen por completo, ya que la vida, aunque sólo sea una lejana posibilidad de vida, es imposible sin ellas (al menos la forma de vida que conocemos). Las subcélulas más pequeñas están formadas únicamente por una pequeñísima cantidad de estas macromoléculas, sólo por los elementos imprescindibles para la vida, sin ningún elemento superfluo, por decirlo así.
Sin embargo, el número de átomos sigue siendo bastante considerable. Una milimicra cúbica es capaz de contener varios cientos de átomos si se agrupan con el mayor grado de compacidad posible, lo que desde luego no ocurre en los tejidos vivos.
Así, el virus del mosaico del tabaco tiene un peso molecular de 40.000.000, y los átomos de los tejidos vivos tienen un peso molecular medio de 8 aproximadamente.

Subcélulas Número de átomos
Rickettsia de la fiebre tifoidea
Virus de la viruela (vacuna)
Virus de la gripe
Bacteriófagas
Virus del mosaico del tabaco
Gen
Virus de la fiebre amarilla
Virus de la pezuña del caballo
5.400.000.000
560.000.000
80.000.000
52.000.000
5.000.000
4.000.000
560.000
70.000

(Todos los átomos, excepto el de hidrógeno, tienen pesos atómicos muy superiores a 8, pero el elevado número de átomos de hidrógeno, cada uno con un peso atómico de 1, hace bajar la media.)

Esto quiere decir que en un virus del mosaico del tabaco hay aproximadamente
5.000.000 de átomos, unos 100 átomos por milimicra cúbica. Por tanto, podemos confeccionar una nueva versión de la tabla anterior:

Por tanto, parece ser que los elementos imprescindibles para la vida pueden estar contenidos en sólo 70.000 átomos. Por debajo de este nivel nos encontramos con moléculas de proteínas ordinarias, evidentemente inertes.
Algunas moléculas de proteína (evidentemente inertes) llegan a tener más de 70.000 átomos, pero lo normal es que estas moléculas contengan de 5.000 a 10.000 átomos.
Por consiguiente, vamos a considerar que 70.000 átomos es la «unidad mínima de vida». Como una célula humana normal contiene macromoléculas formadas por un número total de átomos al menos quinientos millones de veces mayor que la unidad mínima de vida, y como la corteza cerebral humana contiene diez mil millones de células, no es de extrañar que el cerebro sea lo que es.
De hecho, lo que resulta pasmoso es que el género humano se las haya arreglado, menos de diez mil años después de inventar la civilización, para reunir unos cuantos miles de unidades tremendamente simples y construir con ellas ordenadores con resultados tan satisfactorios.
Imagínense lo que podría ocurrir si fuéramos capaces de construir unidades compuestas de quinientos millones de elementos, y luego utilizáramos diez mil millones de estas unidades para diseñar un ordenador. Vaya, es posible que se obtuviera algo que, en comparación, hiciera parecer al cerebro humano un petardo mojado.
¡Mejorando lo presente, por supuesto!